El espíritu de Kyoto

miércoles 27 de mayo de 2009


La espiritualidad es una de las virtudes menos entrenadas por el hombre.  Las religiones  están pasadas de moda y acarrean demasiados lastres históricos y presentes como para poder ser medio de expresión fresco y libre para nuestra espiritualidad.

El placer de sentirse bien consigo mismo y alcanzar una aceptable cota de trascendencia en nuestra existencia es algo a lo que sencillamente no prestamos atención: estamos demasiado ocupados con asuntos triviales, estamos demasiado alienados.

Se entremezclan en nuestra cotidianidad algunos resquicios que nos permiten acceder a un nivel superior de bienestar con uno mismo.  El silencio en una clase de yoga, un rincón oscuro en una catedral, un solitario rincón en el parque en el que nos sentimos tranquilos…

  * * *

Una vez descubrí un lugar en el que la espiritualidad flotaba en el ambiente.  Se consideraba adecuado cerrar los ojos en cualquier momento y lugar, y desconectar de lo presente para flotar en un mundo de reflexión.  La meditación había desbancado por completo a la conversación, y existía un silencio que olía a incienso encendido por reverentes monjes budistas.

El paisaje manifestaba un completo equilibrio de especies, el musgo crecía en las antiguas rocas de los templos construidos con paciencia, y los ciervos se movían a la lenta velocidad de las carpas de colores en los estanques.  Las religiones no se habían atrevido a entrar en guerra por respeto a sus dioses:  templos budistas flanqueados por arcos sintoístas convivían en perfecta armonía para recordarnos que todas las religiones tienen algo puro y bueno: la espiritualidad.  Y allí, a la espiritualidad la habían desnudado con cuidado y respeto, la habían venerado, y la acercaban a quien quisiera sentirse parte de ella.

Y lo que más me sorprendió de todo, es haber tenido que hacer un viaje tan largo, a la antigua capital imperial del imperio nipón, para encontrar algo sencillo y que había llevado dentro todo este tiempo: encontrarme a conmigo mismo.

Patriotismo y Progresismo: ¿Qué tal Pasotismo?

viernes 22 de mayo de 2009



Recuerdo la noche en la que empezó la guerra de Irak.  Yo estaba en un concierto, y no podía librarme de la idea de que aquella era una noche de contrastes. Creo que era un sentimiento generalizado, no recuerdo haber disfrutado demasiado de la música.  El concierto sonó más bien a acústico, quizá porque antes de empezar, el cantante de MClan dijo alto y claro “esta noche, yo me averguenzo de ser español…”, sentimiento que compartí completamente.   No podía dejar de pensar en soldados con “esa” bandera, entrando sin llamar, bombardeando, matando, para resolver un problema que nos queda bastante lejos.  Más bien me imaginé a un gran destructor con la bandera de EUA y un pequeño perrillo faldero con bigote y la bandera de España, pero bueno… Eso ya son matices.

Recuerdo otra noche, en una fiesta, en Bélgica, en la que en un ambiente de estudiantes internacionales dije que soy español.  La reacción fue muy agradable.  Casi todos los presentes, de varios países –no sólo europeos-, habían visitado España.  Todos empezaron a hablar con muchas ganas de nuestros “tesoros nacionales”.  El “Reina Sofía”, Cadaqués, Tarifa, el Peine de los Vientos, Barcelona: la ciudad favorita de varios de ellos.   Me contaban lo mucho que les había gustado la gente, el ambiente, lo feliz que vivía todo el mundo, me hablaban de cocina, del buen tiempo, del espíritu español.  Una chica noruega se había apuntado a clases de español, y decía que era “el idioma de moda”.  Le canté “Mi carro me lo robaron”, y ella me escupió al tratar de cantármela de vuelta.  Toda una experiencia.  El caso es que ese momento concreto describe en cierta medida la imagen de un país “del que estar orgulloso”.  Y la verdad, esa noche lo estuve.

La cuestión es que desde hace bastante tiempo (quizá porque los tiempos han cambiado) me siento bastante orgulloso de ser español.  Y sé que esta afirmación levantaría ampollas en los ambientes progresistas en los que tengo el placer de moverme.  Pero me resisto a considerarme menos progresista por ello.  Cuanto más conozco de mi país, más me gusta.  Estoy orgulloso de los cerezos del Valle del Jerte, de las playas de Almería, del árbol de Guernica, del cochinillo de Segovia, del Parc Güell y de les taronjes valencianes.  Y sobretodo, me gusta la gente que hay alrededor de todas esas cosas, me gusta hablarles y sentir que comparto algo con ellos. Y las necedades políticas que se convierten en guerras en nuestro nombre, y las corrupciones populares de hombres que salen de los juzgados con corbatas de seda y sonrisas desafiantes no van a manchar mi amor a la tierra en la que trabajaron mis abuelos.  No me colgaré una bandera de España en casa, pero tampoco la odiaré. Y eso no quita que yo sea progresista o de izquierdas como el que más.  

Concluiré que lo mío no es patriotismo, lo llamaré "amor a las raíces". Que queda más huertano.  También por si Bertrand Russell tenía razón con aquello de... "El patriotismo es la disposición de matar y dejarse matar por razones triviales".

No te vayas, Benedetti.

lunes 18 de mayo de 2009


Ha fallecido Mario Benedetti en Montevideo, a los 88 años. Esta ha sido una semana trágica para los amantes de la cultura.  Hace unos días publicamos con tristeza un eco del fallecimiento de Antonio Vega.  Hoy tenemos que lamentar el fallecimiento de Mario Benedetti.

Dicen que las muertes vienen de tres en tres, y en este caso ha sido así.  Murió Antonio Vega, ha muerto Mario Benedetti, y también se ha ido con ellos una parte de todos los que amamos su obra.

Aunque sea de manera póstuma, quiero desde aquí dar las gracias a Benedetti por todos los buenos momentos que me ha hecho pasar.  Desde que he sabido de su muerte, me he dedicado a pulular por su obra, y he reconocido el título de algunos de sus cuentos al tiempo al que los relacionaba con el momento en que los leí.  Y desde aquí quiero decirle a Benedetti, porque para mí sigue vivo, que le agradezco mucho haberme acompañado y hecho más feliz en todos esos momentos.  Gracias por tu prosa cargada de ironía, sobria, precisa, producto de un hombre ejemplar y cultivado, “insobornable”, como lo definen algunos.  En varias ocasiones he regalado un libro de Benedetti. Quiero darle las gracias también por haberme dado la oportunidad de hacer un regalo tan fabuloso.

Si me paro a pensar, hay ciertos ideales políticos y sobre la vida que comparto con Benedetti y con otros escritores a los que admiro.  Y esto no se debe a una coincidencia, se debe puramente al hecho de que ellos me los han enseñado.  Imagino a Benedetti sentado, solo, escribiendo en su pupitre un libro que luego será publicado.  Y veo a un profesor que está enseñando a miles de lectores cómo ser mejor persona, cómo amar la literatura, la cultura, al prójimo, amar el amor, amar la vida.  Y le doy las gracias de nuevo a Benedetti por ser ese gran escritor, y ese mejor maestro.

Benedetti ha escrito mucho, y seguramente porque ha vivido mucho. Luz López Alegre, su luz y su alegría, fue su esposa y musa.  Seguramente Benedetti ha sabido amar tan bien como ha sabido escribir, dos cosas que son en cierto modo lo mismo.  Mento a su mujer porque estoy casi seguro de que desde que ella falleció, Benedetti empezó también a apagarse.  Y porque estoy casi seguro de que él no habría sido él, sin ella.

Para terminar quisiera reproducir un pedacito de poesía, la que me parece que más se adapta a este momento.

Fragmento de “Ausencia de Dios”:

“…

Ahora qué miedo inútil, qué vergüenza
no tener oración para morder,
no tener fe para clavar las uñas,
no tener nada más que la noche,
saber que dios se muere, se resbala,
saber que dios retrocede con los brazos cerrados,
con los labios cerrados, con la niebla,
como un campanario atrozmente en ruinas
que desandara siglos de ceniza.

…” Mario Benedetti.

Descansa en Paz, Benedetti.

Salitre en el corazón

sábado 2 de mayo de 2009


Una ciudad con mar.  Cada año, hay un día en el que me siento bien.  Siempre es un día de primavera, un día soleado y bueno, en el que me levanto con la seguridad de que no va a pasar nada malo.  Es el día en el que aparco el invierno en el parking de larga estancia, saco el bañador, y me voy a reencontrarme con el mar.  Nunca espero a verano por dos motivos.  Uno es que no quiero que nadie me moleste en la playa, y normalmente en pascua hay menos gente.  Y el otro es que sencillamente no puedo.  Soy un impaciente.  Siempre abro los regalos nada más verlos, los entrego siempre antes de tiempo,  y me meto en la ducha antes de que salga el agua caliente. Tampoco puedo esperar a verano para ir a la playa.  En cuanto el termómetro sube de 20º, corro a zambullirme en el Mediterráneo.

Yo tengo la firme convicción de que el invierno sólo sirve para que podamos disfrutar más del verano,  al igual que la tristeza sólo existe para que aprendamos a valorar la felicidad.   Pero bueno, os sigo contando: Siempre saco el bañador del cajón de la ropa de verano, con olor a antipolillas, arrugado y acartonado.  Ya puedo oler el mar cuando lo toco (y no es que lo guardara sucio).  Me lo pongo mientras me río de mis patas todavía blancuzcas, y me coloco la camiseta de tirantes pensando en que esto es un desastre, que mañana iré al gimnasio.  Pero hoy no, hoy toca playa.

Suelen acompañarme Los Piratas o Lunapop en mi viaje.  Siempre que puedo, lo hago en dos ruedas.  La diferencia entre el coche y la moto es la diferencia entre la monotonía y la libertad, entre el invierno y el verano, entre el miedo y el placer de arriesgar.   Elijo mi playa favorita, una playa que he caminado tantas veces en verano como he soñado en invierno.  Paso revista a las instalaciones, naturales y artificiales.  Cojo un puñado de arena y palpo algunas conchas, como quien encuentra un viejo souvenir.  Intento cerrar los ojos para mi primer contacto con el agua, y siempre (aunque estuviera en preaviso) me parece más fría de lo que esperaba.  Abro los ojos y miro directamente al sol (si me viera la chica que me vende las gafas de sol en la óptica…), y celebro el no haber cogido (deliberadamente) ni protector solar ni gafas de sol.  El primer día es un día de reconocimiento,  de desnudez, en el que voy a recordarle mi nombre al mar, para que sepa que vamos a ser amigos durante los próximos meses.

El olor del mar, el calor de la arena, la sensación de los granos de arena en las plantas de los pies, la piel ardiendo al sol, el salitre cubriendo mis poros con una agradable molestia… Recuerdo una conversación con un amigo en la que le decía que yo jamás podría vivir en una ciudad sin mar.  Hay quien necesita “poner los pies en el suelo” para estar en contacto con la realidad.  Yo necesito ponerlos en la arena.  El mar es el verdadero universo infinito, un sabio que nunca habla, una religión en la que yo creo.  ¿Qué le voy a hacer, si yo “Nací en el Mediterráneo”? 

Spaghetti Western

sábado 25 de abril de 2009


El Spaghetti Western es (desde mi punto de vista) uno de los géneros más fabulosos e incomprendidos de la historia del cine.   Basa su esencia en explotar el cliché de los tradicionales Western americanos, y readaptarlos a un cine mucho más moderno y estilizado, con un estilo más europeo.   Todas sus historias se contextualizan en un momento espacio/tiempo que por sus características resulta perfecto para cinematografiarlo.   Espacio: Norteamérica occidental.  Tiempo: Una época en permanente estado de excepción, en la que mandaban los fuertes, y la ley era impuesta por el arma más rápida.

Hollywood se había empeñado en repetir historias entorno a indios y vaqueros, carretas asaltadas, locomotoras y héroes justicieros que detenían a feos forajidos.  Todo ello con los grandes actores John Wayne y John Ford, se convirtió en uno de los géneros más populares de EUA.  Se trata de un gran género sin el cual nunca hubiera aparecido el Spaghetti Western, pero cuyas películas huelen todas igual.  Vista una locomotora, vistas todas.  Además, a mi me da pena que maten a tantos indios, con lo hippies que eran.  Todo ello hace que pese a respetar el género, me parezca algo casposo.

Sergio Leone supo utilizar esa fenomenal fuente de inspiración de la que hablábamos, una Norteamérica que hablaba a través de las armas, y en la que no había un gobierno tan fuerte como para contener a tantos ciudadanos armados y convertidos en pistoleros en defensa de su propio egoísmo.  Lo hizo aprovechando todos los clichés establecidos por el gran género Western, enfrentándose a la crítica desde un primer momento, hasta conseguir que el público le diera la razón.

Leone reinventó el montaje para sus películas Western.  Utilizó una cadencia temporal procedente del cine japonés: se inspiró en Kurosawa para reformular una línea temporal lenta, con tiempos casi muertos, y una técnica que incorpora unos primerísimos planos, con los que Leone es capaz de transmitir como nunca nadie lo había hecho en su género.   Nada llena más la pantalla que una mirada de Clint Eastwood en el momento oportuno, una escena de larga duración, fortaleza masculina, emociones contenidas, todo salpimentado con una brutal banda sonora de Ennio Morricone.

Hay muchos que todavía me miran raro cuando defiendo este género con brillo en la mirada.  Normalmente la conversación termina cuando me atolondro y me toman por un gafapasta, por eso quería usar esta oportunidad para defender este divertidísimo género lleno de sentimientos.   Donde muchos ven “una peli de vaqueros”, una pistola o un balazo, les aconsejo que busquen trasfondos sobre la justicia, las armas, la camaradería, la naturaleza, la evolución, el respeto, los límites entre las personas, el sentido de la ley, la venganza… O que sencillamente se relajen y disfruten de uno de los géneros más intensos que existen.  

Soldadito Español

martes 7 de abril de 2009

 Siempre me ha intrigado la férrea disciplina a la que se someten las personas que se meten al ejército.  Mi visión, como siempre, es la de ciudadano corriente: cuando pienso en un cuartel, me imagino el de las películas, y cuando pienso en un soldado, pienso en el soldado patoso de la chaqueta metálica.  Cuando pienso en un sargento, pienso en el sargento de hierro (Clint Eastwood).  Hasta la fecha suponía que mi estereotipada imagen era fruto de mi incultura al respecto, y que en la vida real los militares distarían mucho de estos personajes de película.

Hoy he tenido –por circunstancias de la vida- una larga conversación con un militar de carrera, que lleva 9 años en el ejército (actualmente es cabo) y está preparando su acceso al grado de sargento.  Me he pasado toda la conversación acribillándole a preguntas, y pese a que él me respondía de una manera muy clara, como persona y como profesional (a veces estas dos identidades se entrecruzaban de manera peculiar), cuando ha terminado nuestra conversación yo todavía tenía más interrogantes en mi mente que al empezar con ella.

Mi conclusión personal es que el ejército es un sistema autoritario formado por muchas unidades autocráticas que funcionan con un grupo de sujetos despersonalizados (como robots), que actúan a la voluntad totalitaria del militar de rango superior.  Me ha quedado una definición algo “pesada”, así que la traduciré a una versión más digerible: El ejército es un grupo de gente que actúa sin voluntad propia, atendiendo a las órdenes de un tipo que lleva más galones colgando, y cuya principal premisa es: “no pienses.  No creas. Obedece”.

Los militares han sufrido un proceso de transformación que los ha convertido en sujetos funcionales en favor de una permanente realidad ficticia (la situación de guerra), utilizando herramientas como el lavado de cerebro, la deprivación sensorial, proyección de poder, humillación, depravación, disminución de libertades a nivel contractual, etcétera.

El militar es un sujeto que está listo para dar su vida por su país “y por su bandera”.  Antepone unos supuestos intereses colectivos a sus valores individuales.  Un ejemplo:  Un grupo de políticos españoles decide que invadir Irak es bueno para los españoles (y para su bandera).  Para dicha invasión, se emplean los esfuerzos de 2.600 soldados, de los cuales 11 resultan muertos.  El trabajo de esos soldados es “no pensar” si su esfuerzo es positivo para España, sino emplearse a fondo en lo que le manda su inmediato superior.  Y justificarse –día a día, al salir y al ponerse el sol- ante la bandera española.   Repiten frases argumentando que lo hacen para “salvar y proteger nuestra patria”.  Lo hacen mientras su cerebro razona que quizá hoy sea el día en el que tienen que fusilar a algún hostil, y mientras sus cuerpos (tras una buena panza de entrenamiento físico) se llenan de adrenalina y de emoción… “con la piel de gallina al oír el himno”.

Supongo que todas estas estrategias basadas en el terror psicológico y en el autoritarismo los condicionan de modo que son capaces de rehusar a su propia identidad, y ponerse a disposición de un dudoso bien común.  Resulta que mientras nuestros soldados estaban en Irak, muriendo por “nosotros”, la mayoría de nosotros estaba deseando que desistieran en tan violento y evidente intento de robar petróleo, y volvieran a nuestros barrios.   Yo, como muchos españoles, sentí profunda vergüenza de ser español, y me sentí víctima de un sistema que había seleccionado a chicos de mi barrio, y de muchos otros barrios obreros, les había lavado el cerebro, los había armado fuertemente, y los había colocado estratégicamente para enriquecer a un hatajo de políticos fascistas cuyos hijos (y vecinos de sus barrios) nunca sabrán lo que es la guerra, pero sí disfrutarán de un tren de vida que se basa en pisotear y despreciar los niveles socioeconómicos más bajos de la sociedad (que son de los que se nutren los barracones de soldados).

Ante todos estos pensamientos, sólo me queda el consuelo (o la profunda desesperación) de pensar que todos los países del mundo funcionan con un sistema político/militar similar.  Y me pregunto de qué sirve que la inmensa mayoría de ciudadanos sean pacifistas y sólo tengan sueños “limpios” de guerra, aspirando a conseguir un mejor o peor puesto de empleo, y vivir en paz y armonía.  Y me cabrea pensar que todos formamos parte (queramos o no) de esa bandera por la que cientos de soldados se sacrifican y (lo que es todavía mucho peor) sacrifican a otros.

Si alguno de los que lee este artículo tiene alguna sugerencia o consejo que darme al respecto, se le ocurre a qué partido político puedo votar, o a qué país me puedo ir a vivir para solventar esta inquietud, que me lo diga.  Yo he alcanzado la conclusión de que no tengo alternativa.  En cierta medida, no me queda otra opción que ser un soldado silencioso de esta sociedad, aunque nunca tuve intención de alistarme.

Play it once, Sam... For old times.

miércoles 25 de marzo de 2009

Humphrey Bogart es en Casablanca lo que todo hombre quiere ser en la vida. Es el machote del que se enamoran las mujeres, que fuma cigarros sin filtro a contraluz, con un aire de tóxica arrogancia cargado con un halo de misterio. Se derriten.

No soy el primero en observar que el cine juega con los sentimientos de su público, pero en Casablanca esto se evidencia de modo particular. Estoy firmemente convencido de que si el final de Casablanca hubiese sido distinto y Humphrey hubiese cogido aquel avión con Ingrid, la vida de muchos espectadores sería distinta.

Casablanca tiene el misterioso y extraño poder de ser una película mágica por ser atemporal y eterna al mismo tiempo. Todo aquel que crea entender un ápice de lo que es el amor, apreciará Casablanca como una obra maestra. Casablanca es un piano en el que no se deja ninguna tecla por tocar. En cuanto a política: la conclusión es “no importa”. En cuanto a distancia: la conclusión es “no importa”. En cuanto a realidad: la conclusión es “no importa”. Y ¿por qué no importa? La respuesta es sencilla: porque siempre nos quedará París.

La realidad es que dos enamorados se separan de por vida en medio de una guerra que les llevará a vivir vidas difíciles en dos rincones opuestos del mundo. Y parece que eso es el destino, la consecuencia inevitable de haber jugado al juego del romance. Y he aquí donde yo opino que la vida de muchas personas sería distinta si Casablanca tuviera un final distinto. Casablanca es la obra maestra que ensalza el desamor sobre el amor como quien – seguro de su triunfo– eleva una copa tras una disputada carrera. Nos mete en la cabeza que tenemos que dejar volar – dolorosamente– la que creamos que es nuestra única oportunidad para ser feliz, en virtud de un sufrimiento eterno pero gratificante, porque el paraíso no existe, pero siempre nos quedará el consuelo de habernos acercado (París).

Lo que hubiera hecho Humphrey (lo que hubiera hecho una persona enamorada en la vida real, creo yo), sería atar a Victor Laszlo a una silla del bar, y volar a Estados Unidos con Ilsa. Y una vez allí, disfrutar del paraíso durante el resto de sus vidas. Pero he ahí el gran guiño de la película al espectador de a pie: un caballero ha de ser un perdedor para seguir siendo caballero.

Desde el punto de vista cinematográfico, no obstante, la película es impecable. Si Ilsa y Ricky hubiesen acabado desnudos en New York comiendo uvas al más puro estilo Dionisio, el espectador no hubiese acabado llorando, pero la película habría sido un total fracaso. Y creo que ahí está la clave de esta obra maestra. Para ser capaz de amar, tienen que haberte roto antes el corazón.

“A kiss is just a kiss, a sigh is just a sigh...”.