Siempre me ha intrigado la férrea disciplina a la que se someten las personas que se meten al ejército. Mi visión, como siempre, es la de ciudadano corriente: cuando pienso en un cuartel, me imagino el de las películas, y cuando pienso en un soldado, pienso en el soldado patoso de la chaqueta metálica. Cuando pienso en un sargento, pienso en el sargento de hierro (Clint Eastwood). Hasta la fecha suponía que mi estereotipada imagen era fruto de mi incultura al respecto, y que en la vida real los militares distarían mucho de estos personajes de película.
Hoy he tenido –por circunstancias de la vida- una larga conversación con un militar de carrera, que lleva 9 años en el ejército (actualmente es cabo) y está preparando su acceso al grado de sargento. Me he pasado toda la conversación acribillándole a preguntas, y pese a que él me respondía de una manera muy clara, como persona y como profesional (a veces estas dos identidades se entrecruzaban de manera peculiar), cuando ha terminado nuestra conversación yo todavía tenía más interrogantes en mi mente que al empezar con ella.
Mi conclusión personal es que el ejército es un sistema autoritario formado por muchas unidades autocráticas que funcionan con un grupo de sujetos despersonalizados (como robots), que actúan a la voluntad totalitaria del militar de rango superior. Me ha quedado una definición algo “pesada”, así que la traduciré a una versión más digerible: El ejército es un grupo de gente que actúa sin voluntad propia, atendiendo a las órdenes de un tipo que lleva más galones colgando, y cuya principal premisa es: “no pienses. No creas. Obedece”.
Los militares han sufrido un proceso de transformación que los ha convertido en sujetos funcionales en favor de una permanente realidad ficticia (la situación de guerra), utilizando herramientas como el lavado de cerebro, la deprivación sensorial, proyección de poder, humillación, depravación, disminución de libertades a nivel contractual, etcétera.
El militar es un sujeto que está listo para dar su vida por su país “y por su bandera”. Antepone unos supuestos intereses colectivos a sus valores individuales. Un ejemplo: Un grupo de políticos españoles decide que invadir Irak es bueno para los españoles (y para su bandera). Para dicha invasión, se emplean los esfuerzos de 2.600 soldados, de los cuales 11 resultan muertos. El trabajo de esos soldados es “no pensar” si su esfuerzo es positivo para España, sino emplearse a fondo en lo que le manda su inmediato superior. Y justificarse –día a día, al salir y al ponerse el sol- ante la bandera española. Repiten frases argumentando que lo hacen para “salvar y proteger nuestra patria”. Lo hacen mientras su cerebro razona que quizá hoy sea el día en el que tienen que fusilar a algún hostil, y mientras sus cuerpos (tras una buena panza de entrenamiento físico) se llenan de adrenalina y de emoción… “con la piel de gallina al oír el himno”.
Supongo que todas estas estrategias basadas en el terror psicológico y en el autoritarismo los condicionan de modo que son capaces de rehusar a su propia identidad, y ponerse a disposición de un dudoso bien común. Resulta que mientras nuestros soldados estaban en Irak, muriendo por “nosotros”, la mayoría de nosotros estaba deseando que desistieran en tan violento y evidente intento de robar petróleo, y volvieran a nuestros barrios. Yo, como muchos españoles, sentí profunda vergüenza de ser español, y me sentí víctima de un sistema que había seleccionado a chicos de mi barrio, y de muchos otros barrios obreros, les había lavado el cerebro, los había armado fuertemente, y los había colocado estratégicamente para enriquecer a un hatajo de políticos fascistas cuyos hijos (y vecinos de sus barrios) nunca sabrán lo que es la guerra, pero sí disfrutarán de un tren de vida que se basa en pisotear y despreciar los niveles socioeconómicos más bajos de la sociedad (que son de los que se nutren los barracones de soldados).
Ante todos estos pensamientos, sólo me queda el consuelo (o la profunda desesperación) de pensar que todos los países del mundo funcionan con un sistema político/militar similar. Y me pregunto de qué sirve que la inmensa mayoría de ciudadanos sean pacifistas y sólo tengan sueños “limpios” de guerra, aspirando a conseguir un mejor o peor puesto de empleo, y vivir en paz y armonía. Y me cabrea pensar que todos formamos parte (queramos o no) de esa bandera por la que cientos de soldados se sacrifican y (lo que es todavía mucho peor) sacrifican a otros.
Si alguno de los que lee este artículo tiene alguna sugerencia o consejo que darme al respecto, se le ocurre a qué partido político puedo votar, o a qué país me puedo ir a vivir para solventar esta inquietud, que me lo diga. Yo he alcanzado la conclusión de que no tengo alternativa. En cierta medida, no me queda otra opción que ser un soldado silencioso de esta sociedad, aunque nunca tuve intención de alistarme.