viernes 22 de mayo de 2009
Recuerdo la noche en la que empezó la guerra de Irak. Yo estaba en un concierto, y no podía librarme de la idea de que aquella era una noche de contrastes. Creo que era un sentimiento generalizado, no recuerdo haber disfrutado demasiado de la música. El concierto sonó más bien a acústico, quizá porque antes de empezar, el cantante de MClan dijo alto y claro “esta noche, yo me averguenzo de ser español…”, sentimiento que compartí completamente. No podía dejar de pensar en soldados con “esa” bandera, entrando sin llamar, bombardeando, matando, para resolver un problema que nos queda bastante lejos. Más bien me imaginé a un gran destructor con la bandera de EUA y un pequeño perrillo faldero con bigote y la bandera de España, pero bueno… Eso ya son matices.
Recuerdo otra noche, en una fiesta, en Bélgica, en la que en un ambiente de estudiantes internacionales dije que soy español. La reacción fue muy agradable. Casi todos los presentes, de varios países –no sólo europeos-, habían visitado España. Todos empezaron a hablar con muchas ganas de nuestros “tesoros nacionales”. El “Reina Sofía”, Cadaqués, Tarifa, el Peine de los Vientos, Barcelona: la ciudad favorita de varios de ellos. Me contaban lo mucho que les había gustado la gente, el ambiente, lo feliz que vivía todo el mundo, me hablaban de cocina, del buen tiempo, del espíritu español. Una chica noruega se había apuntado a clases de español, y decía que era “el idioma de moda”. Le canté “Mi carro me lo robaron”, y ella me escupió al tratar de cantármela de vuelta. Toda una experiencia. El caso es que ese momento concreto describe en cierta medida la imagen de un país “del que estar orgulloso”. Y la verdad, esa noche lo estuve.
La cuestión es que desde hace bastante tiempo (quizá porque los tiempos han cambiado) me siento bastante orgulloso de ser español. Y sé que esta afirmación levantaría ampollas en los ambientes progresistas en los que tengo el placer de moverme. Pero me resisto a considerarme menos progresista por ello. Cuanto más conozco de mi país, más me gusta. Estoy orgulloso de los cerezos del Valle del Jerte, de las playas de Almería, del árbol de Guernica, del cochinillo de Segovia, del Parc Güell y de les taronjes valencianes. Y sobretodo, me gusta la gente que hay alrededor de todas esas cosas, me gusta hablarles y sentir que comparto algo con ellos. Y las necedades políticas que se convierten en guerras en nuestro nombre, y las corrupciones populares de hombres que salen de los juzgados con corbatas de seda y sonrisas desafiantes no van a manchar mi amor a la tierra en la que trabajaron mis abuelos. No me colgaré una bandera de España en casa, pero tampoco la odiaré. Y eso no quita que yo sea progresista o de izquierdas como el que más.
Concluiré que lo mío no es patriotismo, lo llamaré "amor a las raíces". Que queda más huertano. También por si Bertrand Russell tenía razón con aquello de... "El patriotismo es la disposición de matar y dejarse matar por razones triviales".



3 comentarios:
BRAVO!! BRAVO!!!! Marcos no tengo palabras!! Es fantástica tu reflexión, y tengo que decir que me siento muy muy identificada!!! Realmente te superas cada vez más!!
Yo tengo que decir que esa ambivalencia de sentimientos hacia España es lo que me hace creer en el país y en mi gente!!!Y reconozco que siempre he pensado que si no hubiera nacido andaluza no sé que hubiera sido de mí!!!
Gracias paisano, de corazón!!!
Gracias Carmen!!
Me alegro mucho, la verdad esk cuando me enseñabas tu tierra me gustó mucho pensar que también era mi tierra, aunque yo todavía no la conocía ;)
Además supongo que has vivido mil veces el párrafo en el que hablo de la fiesta belga... jaja
Beso muy gordo, gracias por leerme... Muchas muchas gracias!
Me ha encantado tu conclusión!
Has sabido diferenciar a la perfección el sentimiento, de los ideales políticos.
Y si, por desgracia los que nos representan no son dignos de ello... pero sabemos que, en muchas ocasiones, la política no se corresponde con el espíritu general de los "españoles de verdad".
Un abrazo!
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