domingo, 1 de febrero de 2009

El semáforo en verde para peatones empieza a parpadear. Siempre me pasa en ese cruce, y normalmente me molesta tener que esperar a que se vuelva a poner en verde. Ahora no me importa, porque hoy tengo tiempo de sobra. Detengo mi apresurada marcha junto al semáforo, y aprovecho para mirar a mi alrededor. Todo es muy familiar, y una ola de melancolía me hace reflexionar: he cruzado este semáforo mil veces: llegando tarde a clase, volviendo a casa borracho, corriendo para un examen, temprano para trabajar… Decido que me aburre la monotonía, y que ese semáforo no me gusta. Me divierte haber sacado esa conclusión del pobre semáforo.
Entonces me doy cuenta de que estoy sonriendo, y mi vista está posada en el infinito. Reenfoco mi mirada perdida dirigiéndola a mi compañera de espera en el paso de peatones. Es una chica rubia de mi edad, quizá algo más joven. Arrastra un carrito cargado de bolsas, y me doy cuenta de que también está pensando en sus cosas. Por un momento nuestras miradas se cruzan, y yo bajo la mía al darme cuenta de que me he quedado mirándola y sonriendo. Sólo me ha dado tiempo a fijarme en su inocente flequillo, en su ropa deportiva y en que tenía una bonita y auténtica sonrisa. Sólo cosas buenas.
Empiezo a caminar por el paso de peatones, lanzándole a mi fugaz compañera una última ojeada de despedida. Esta vez me está mirando ella a mí, supongo que tan divertida como yo con la situación. Se agacha a coger una de las bolsas y su flequillo hace un gracioso movimiento al viento. Sigo caminando y sonriendo. Meto la mano en el bolsillo de mi chupa y encuentro mi agenda allí, con su pequeño bolígrafo colgando. Me alegro de haberla cogido, aunque sea accidentalmente. Automáticamente la saco y escribo unas palabras mientras camino… Mi agenda está llena de cosas que quise decir, y por no decírselas a otros, me las escribí para mí mismo.
Miro al frente, y veo una papelera en la esquina del kiosko, rebosante de cartones y papeles. Automáticamente y sin pensarlo, arranco la página de mi agenda, la doblo y la dejo sobre la pila de papeles de la papelera. Sigo caminando y sonriendo, escuchando a los Beatles (quizá ellos tengan la culpa de esta pequeña inyección de felicidad que estoy sintiendo). Me giro al llegar al siguiente semáforo, justo a tiempo de ver a la chica del carrito cerca de la papelera estirando el brazo hacia donde yo dejé mi pedacito de papel.
Ya me vuelve a gustar el semáforo del cruce.
