sábado, 2 de mayo de 2009
Una ciudad con mar. Cada año, hay un día en el que me siento bien. Siempre es un día de primavera, un día soleado y bueno, en el que me levanto con la seguridad de que no va a pasar nada malo. Es el día en el que aparco el invierno en el parking de larga estancia, saco el bañador, y me voy a reencontrarme con el mar. Nunca espero a verano por dos motivos. Uno es que no quiero que nadie me moleste en la playa, y normalmente en pascua hay menos gente. Y el otro es que sencillamente no puedo. Soy un impaciente. Siempre abro los regalos nada más verlos, los entrego siempre antes de tiempo, y me meto en la ducha antes de que salga el agua caliente. Tampoco puedo esperar a verano para ir a la playa. En cuanto el termómetro sube de 20º, corro a zambullirme en el Mediterráneo.
Yo tengo la firme convicción de que el invierno sólo sirve para que podamos disfrutar más del verano, al igual que la tristeza sólo existe para que aprendamos a valorar la felicidad. Pero bueno, os sigo contando: Siempre saco el bañador del cajón de la ropa de verano, con olor a antipolillas, arrugado y acartonado. Ya puedo oler el mar cuando lo toco (y no es que lo guardara sucio). Me lo pongo mientras me río de mis patas todavía blancuzcas, y me coloco la camiseta de tirantes pensando en que esto es un desastre, que mañana iré al gimnasio. Pero hoy no, hoy toca playa.
Suelen acompañarme Los Piratas o Lunapop en mi viaje. Siempre que puedo, lo hago en dos ruedas. La diferencia entre el coche y la moto es la diferencia entre la monotonía y la libertad, entre el invierno y el verano, entre el miedo y el placer de arriesgar. Elijo mi playa favorita, una playa que he caminado tantas veces en verano como he soñado en invierno. Paso revista a las instalaciones, naturales y artificiales. Cojo un puñado de arena y palpo algunas conchas, como quien encuentra un viejo souvenir. Intento cerrar los ojos para mi primer contacto con el agua, y siempre (aunque estuviera en preaviso) me parece más fría de lo que esperaba. Abro los ojos y miro directamente al sol (si me viera la chica que me vende las gafas de sol en la óptica…), y celebro el no haber cogido (deliberadamente) ni protector solar ni gafas de sol. El primer día es un día de reconocimiento, de desnudez, en el que voy a recordarle mi nombre al mar, para que sepa que vamos a ser amigos durante los próximos meses.
El olor del mar, el calor de la arena, la sensación de los granos de arena en las plantas de los pies, la piel ardiendo al sol, el salitre cubriendo mis poros con una agradable molestia… Recuerdo una conversación con un amigo en la que le decía que yo jamás podría vivir en una ciudad sin mar. Hay quien necesita “poner los pies en el suelo” para estar en contacto con la realidad. Yo necesito ponerlos en la arena. El mar es el verdadero universo infinito, un sabio que nunca habla, una religión en la que yo creo. ¿Qué le voy a hacer, si yo “Nací en el Mediterráneo”?


4 comentarios:
Una vez más, me sorprende tu artículo!! =)
Enhorabuena por el resultado, has transmitido a la perfección lo que sientes cuando estás frente al mar...
Me quedo con la agradable molestia que te produce el salitre! pero espero que sea bueno para tu corazón!! jeje!
Un abrazo!!
PD: Serrat actúa en Burjassot el 8 de Mayo, no creo que queden entradas, aunque igual un chico tan impaciente como tú ya lo sabía!! ;P
Experimenté esa sensación este pasado fin de semana. Bañarse prácticamente sólo en el mar, en la playa del Cabo de Gata, helada, pero con calor en el cuerpo. Sensación refrescante y único, mediterránea.
Bravo Marcos!! me ha encantado eso de recordarle el nombre al mar!!! y es la pura verdad!! A mi el hecho de tener el mar justo al lado de la ciudad me parece como un signo de fortaleza de la naturaleza, como diciendo!! Fastidiaros humanos impertinentes que no parais de construir, que sobre mí no podreís!!! jejeje un beso!!
JAja!!
Gracias a Tod@s...
Qué bueno lo que dices, Carmen, de "sobre mí no podréis". Si esk tenéis mucha suerte de vivir en ese paraíso del mundo, tierra de sol y tapas, gente bella por dentro y por fuera, hospitalarios como pocos! Lo que pagaría por estar otra vez con vosotros en ese "arrecife de las sirenas..."
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