El espíritu de Kyoto

miércoles, 27 de mayo de 2009


La espiritualidad es una de las virtudes menos entrenadas por el hombre.  Las religiones  están pasadas de moda y acarrean demasiados lastres históricos y presentes como para poder ser medio de expresión fresco y libre para nuestra espiritualidad.

El placer de sentirse bien consigo mismo y alcanzar una aceptable cota de trascendencia en nuestra existencia es algo a lo que sencillamente no prestamos atención: estamos demasiado ocupados con asuntos triviales, estamos demasiado alienados.

Se entremezclan en nuestra cotidianidad algunos resquicios que nos permiten acceder a un nivel superior de bienestar con uno mismo.  El silencio en una clase de yoga, un rincón oscuro en una catedral, un solitario rincón en el parque en el que nos sentimos tranquilos…

  * * *

Una vez descubrí un lugar en el que la espiritualidad flotaba en el ambiente.  Se consideraba adecuado cerrar los ojos en cualquier momento y lugar, y desconectar de lo presente para flotar en un mundo de reflexión.  La meditación había desbancado por completo a la conversación, y existía un silencio que olía a incienso encendido por reverentes monjes budistas.

El paisaje manifestaba un completo equilibrio de especies, el musgo crecía en las antiguas rocas de los templos construidos con paciencia, y los ciervos se movían a la lenta velocidad de las carpas de colores en los estanques.  Las religiones no se habían atrevido a entrar en guerra por respeto a sus dioses:  templos budistas flanqueados por arcos sintoístas convivían en perfecta armonía para recordarnos que todas las religiones tienen algo puro y bueno: la espiritualidad.  Y allí, a la espiritualidad la habían desnudado con cuidado y respeto, la habían venerado, y la acercaban a quien quisiera sentirse parte de ella.

Y lo que más me sorprendió de todo, es haber tenido que hacer un viaje tan largo, a la antigua capital imperial del imperio nipón, para encontrar algo sencillo y que había llevado dentro todo este tiempo: encontrarme a conmigo mismo.

Patriotismo y Progresismo: ¿Qué tal Pasotismo?

viernes, 22 de mayo de 2009



Recuerdo la noche en la que empezó la guerra de Irak.  Yo estaba en un concierto, y no podía librarme de la idea de que aquella era una noche de contrastes. Creo que era un sentimiento generalizado, no recuerdo haber disfrutado demasiado de la música.  El concierto sonó más bien a acústico, quizá porque antes de empezar, el cantante de MClan dijo alto y claro “esta noche, yo me averguenzo de ser español…”, sentimiento que compartí completamente.   No podía dejar de pensar en soldados con “esa” bandera, entrando sin llamar, bombardeando, matando, para resolver un problema que nos queda bastante lejos.  Más bien me imaginé a un gran destructor con la bandera de EUA y un pequeño perrillo faldero con bigote y la bandera de España, pero bueno… Eso ya son matices.

Recuerdo otra noche, en una fiesta, en Bélgica, en la que en un ambiente de estudiantes internacionales dije que soy español.  La reacción fue muy agradable.  Casi todos los presentes, de varios países –no sólo europeos-, habían visitado España.  Todos empezaron a hablar con muchas ganas de nuestros “tesoros nacionales”.  El “Reina Sofía”, Cadaqués, Tarifa, el Peine de los Vientos, Barcelona: la ciudad favorita de varios de ellos.   Me contaban lo mucho que les había gustado la gente, el ambiente, lo feliz que vivía todo el mundo, me hablaban de cocina, del buen tiempo, del espíritu español.  Una chica noruega se había apuntado a clases de español, y decía que era “el idioma de moda”.  Le canté “Mi carro me lo robaron”, y ella me escupió al tratar de cantármela de vuelta.  Toda una experiencia.  El caso es que ese momento concreto describe en cierta medida la imagen de un país “del que estar orgulloso”.  Y la verdad, esa noche lo estuve.

La cuestión es que desde hace bastante tiempo (quizá porque los tiempos han cambiado) me siento bastante orgulloso de ser español.  Y sé que esta afirmación levantaría ampollas en los ambientes progresistas en los que tengo el placer de moverme.  Pero me resisto a considerarme menos progresista por ello.  Cuanto más conozco de mi país, más me gusta.  Estoy orgulloso de los cerezos del Valle del Jerte, de las playas de Almería, del árbol de Guernica, del cochinillo de Segovia, del Parc Güell y de les taronjes valencianes.  Y sobretodo, me gusta la gente que hay alrededor de todas esas cosas, me gusta hablarles y sentir que comparto algo con ellos. Y las necedades políticas que se convierten en guerras en nuestro nombre, y las corrupciones populares de hombres que salen de los juzgados con corbatas de seda y sonrisas desafiantes no van a manchar mi amor a la tierra en la que trabajaron mis abuelos.  No me colgaré una bandera de España en casa, pero tampoco la odiaré. Y eso no quita que yo sea progresista o de izquierdas como el que más.  

Concluiré que lo mío no es patriotismo, lo llamaré "amor a las raíces". Que queda más huertano.  También por si Bertrand Russell tenía razón con aquello de... "El patriotismo es la disposición de matar y dejarse matar por razones triviales".

No te vayas, Benedetti.

lunes, 18 de mayo de 2009


Ha fallecido Mario Benedetti en Montevideo, a los 88 años. Esta ha sido una semana trágica para los amantes de la cultura.  Hace unos días publicamos con tristeza un eco del fallecimiento de Antonio Vega.  Hoy tenemos que lamentar el fallecimiento de Mario Benedetti.

Dicen que las muertes vienen de tres en tres, y en este caso ha sido así.  Murió Antonio Vega, ha muerto Mario Benedetti, y también se ha ido con ellos una parte de todos los que amamos su obra.

Aunque sea de manera póstuma, quiero desde aquí dar las gracias a Benedetti por todos los buenos momentos que me ha hecho pasar.  Desde que he sabido de su muerte, me he dedicado a pulular por su obra, y he reconocido el título de algunos de sus cuentos al tiempo al que los relacionaba con el momento en que los leí.  Y desde aquí quiero decirle a Benedetti, porque para mí sigue vivo, que le agradezco mucho haberme acompañado y hecho más feliz en todos esos momentos.  Gracias por tu prosa cargada de ironía, sobria, precisa, producto de un hombre ejemplar y cultivado, “insobornable”, como lo definen algunos.  En varias ocasiones he regalado un libro de Benedetti. Quiero darle las gracias también por haberme dado la oportunidad de hacer un regalo tan fabuloso.

Si me paro a pensar, hay ciertos ideales políticos y sobre la vida que comparto con Benedetti y con otros escritores a los que admiro.  Y esto no se debe a una coincidencia, se debe puramente al hecho de que ellos me los han enseñado.  Imagino a Benedetti sentado, solo, escribiendo en su pupitre un libro que luego será publicado.  Y veo a un profesor que está enseñando a miles de lectores cómo ser mejor persona, cómo amar la literatura, la cultura, al prójimo, amar el amor, amar la vida.  Y le doy las gracias de nuevo a Benedetti por ser ese gran escritor, y ese mejor maestro.

Benedetti ha escrito mucho, y seguramente porque ha vivido mucho. Luz López Alegre, su luz y su alegría, fue su esposa y musa.  Seguramente Benedetti ha sabido amar tan bien como ha sabido escribir, dos cosas que son en cierto modo lo mismo.  Mento a su mujer porque estoy casi seguro de que desde que ella falleció, Benedetti empezó también a apagarse.  Y porque estoy casi seguro de que él no habría sido él, sin ella.

Para terminar quisiera reproducir un pedacito de poesía, la que me parece que más se adapta a este momento.

Fragmento de “Ausencia de Dios”:

“…

Ahora qué miedo inútil, qué vergüenza
no tener oración para morder,
no tener fe para clavar las uñas,
no tener nada más que la noche,
saber que dios se muere, se resbala,
saber que dios retrocede con los brazos cerrados,
con los labios cerrados, con la niebla,
como un campanario atrozmente en ruinas
que desandara siglos de ceniza.

…” Mario Benedetti.

Descansa en Paz, Benedetti.

Salitre en el corazón

sábado, 2 de mayo de 2009


Una ciudad con mar.  Cada año, hay un día en el que me siento bien.  Siempre es un día de primavera, un día soleado y bueno, en el que me levanto con la seguridad de que no va a pasar nada malo.  Es el día en el que aparco el invierno en el parking de larga estancia, saco el bañador, y me voy a reencontrarme con el mar.  Nunca espero a verano por dos motivos.  Uno es que no quiero que nadie me moleste en la playa, y normalmente en pascua hay menos gente.  Y el otro es que sencillamente no puedo.  Soy un impaciente.  Siempre abro los regalos nada más verlos, los entrego siempre antes de tiempo,  y me meto en la ducha antes de que salga el agua caliente. Tampoco puedo esperar a verano para ir a la playa.  En cuanto el termómetro sube de 20º, corro a zambullirme en el Mediterráneo.

Yo tengo la firme convicción de que el invierno sólo sirve para que podamos disfrutar más del verano,  al igual que la tristeza sólo existe para que aprendamos a valorar la felicidad.   Pero bueno, os sigo contando: Siempre saco el bañador del cajón de la ropa de verano, con olor a antipolillas, arrugado y acartonado.  Ya puedo oler el mar cuando lo toco (y no es que lo guardara sucio).  Me lo pongo mientras me río de mis patas todavía blancuzcas, y me coloco la camiseta de tirantes pensando en que esto es un desastre, que mañana iré al gimnasio.  Pero hoy no, hoy toca playa.

Suelen acompañarme Los Piratas o Lunapop en mi viaje.  Siempre que puedo, lo hago en dos ruedas.  La diferencia entre el coche y la moto es la diferencia entre la monotonía y la libertad, entre el invierno y el verano, entre el miedo y el placer de arriesgar.   Elijo mi playa favorita, una playa que he caminado tantas veces en verano como he soñado en invierno.  Paso revista a las instalaciones, naturales y artificiales.  Cojo un puñado de arena y palpo algunas conchas, como quien encuentra un viejo souvenir.  Intento cerrar los ojos para mi primer contacto con el agua, y siempre (aunque estuviera en preaviso) me parece más fría de lo que esperaba.  Abro los ojos y miro directamente al sol (si me viera la chica que me vende las gafas de sol en la óptica…), y celebro el no haber cogido (deliberadamente) ni protector solar ni gafas de sol.  El primer día es un día de reconocimiento,  de desnudez, en el que voy a recordarle mi nombre al mar, para que sepa que vamos a ser amigos durante los próximos meses.

El olor del mar, el calor de la arena, la sensación de los granos de arena en las plantas de los pies, la piel ardiendo al sol, el salitre cubriendo mis poros con una agradable molestia… Recuerdo una conversación con un amigo en la que le decía que yo jamás podría vivir en una ciudad sin mar.  Hay quien necesita “poner los pies en el suelo” para estar en contacto con la realidad.  Yo necesito ponerlos en la arena.  El mar es el verdadero universo infinito, un sabio que nunca habla, una religión en la que yo creo.  ¿Qué le voy a hacer, si yo “Nací en el Mediterráneo”? 

Spaghetti Western

sábado, 25 de abril de 2009


El Spaghetti Western es (desde mi punto de vista) uno de los géneros más fabulosos e incomprendidos de la historia del cine.   Basa su esencia en explotar el cliché de los tradicionales Western americanos, y readaptarlos a un cine mucho más moderno y estilizado, con un estilo más europeo.   Todas sus historias se contextualizan en un momento espacio/tiempo que por sus características resulta perfecto para cinematografiarlo.   Espacio: Norteamérica occidental.  Tiempo: Una época en permanente estado de excepción, en la que mandaban los fuertes, y la ley era impuesta por el arma más rápida.

Hollywood se había empeñado en repetir historias entorno a indios y vaqueros, carretas asaltadas, locomotoras y héroes justicieros que detenían a feos forajidos.  Todo ello con los grandes actores John Wayne y John Ford, se convirtió en uno de los géneros más populares de EUA.  Se trata de un gran género sin el cual nunca hubiera aparecido el Spaghetti Western, pero cuyas películas huelen todas igual.  Vista una locomotora, vistas todas.  Además, a mi me da pena que maten a tantos indios, con lo hippies que eran.  Todo ello hace que pese a respetar el género, me parezca algo casposo.

Sergio Leone supo utilizar esa fenomenal fuente de inspiración de la que hablábamos, una Norteamérica que hablaba a través de las armas, y en la que no había un gobierno tan fuerte como para contener a tantos ciudadanos armados y convertidos en pistoleros en defensa de su propio egoísmo.  Lo hizo aprovechando todos los clichés establecidos por el gran género Western, enfrentándose a la crítica desde un primer momento, hasta conseguir que el público le diera la razón.

Leone reinventó el montaje para sus películas Western.  Utilizó una cadencia temporal procedente del cine japonés: se inspiró en Kurosawa para reformular una línea temporal lenta, con tiempos casi muertos, y una técnica que incorpora unos primerísimos planos, con los que Leone es capaz de transmitir como nunca nadie lo había hecho en su género.   Nada llena más la pantalla que una mirada de Clint Eastwood en el momento oportuno, una escena de larga duración, fortaleza masculina, emociones contenidas, todo salpimentado con una brutal banda sonora de Ennio Morricone.

Hay muchos que todavía me miran raro cuando defiendo este género con brillo en la mirada.  Normalmente la conversación termina cuando me atolondro y me toman por un gafapasta, por eso quería usar esta oportunidad para defender este divertidísimo género lleno de sentimientos.   Donde muchos ven “una peli de vaqueros”, una pistola o un balazo, les aconsejo que busquen trasfondos sobre la justicia, las armas, la camaradería, la naturaleza, la evolución, el respeto, los límites entre las personas, el sentido de la ley, la venganza… O que sencillamente se relajen y disfruten de uno de los géneros más intensos que existen.  

Soldadito Español

martes, 7 de abril de 2009

 Siempre me ha intrigado la férrea disciplina a la que se someten las personas que se meten al ejército.  Mi visión, como siempre, es la de ciudadano corriente: cuando pienso en un cuartel, me imagino el de las películas, y cuando pienso en un soldado, pienso en el soldado patoso de la chaqueta metálica.  Cuando pienso en un sargento, pienso en el sargento de hierro (Clint Eastwood).  Hasta la fecha suponía que mi estereotipada imagen era fruto de mi incultura al respecto, y que en la vida real los militares distarían mucho de estos personajes de película.

Hoy he tenido –por circunstancias de la vida- una larga conversación con un militar de carrera, que lleva 9 años en el ejército (actualmente es cabo) y está preparando su acceso al grado de sargento.  Me he pasado toda la conversación acribillándole a preguntas, y pese a que él me respondía de una manera muy clara, como persona y como profesional (a veces estas dos identidades se entrecruzaban de manera peculiar), cuando ha terminado nuestra conversación yo todavía tenía más interrogantes en mi mente que al empezar con ella.

Mi conclusión personal es que el ejército es un sistema autoritario formado por muchas unidades autocráticas que funcionan con un grupo de sujetos despersonalizados (como robots), que actúan a la voluntad totalitaria del militar de rango superior.  Me ha quedado una definición algo “pesada”, así que la traduciré a una versión más digerible: El ejército es un grupo de gente que actúa sin voluntad propia, atendiendo a las órdenes de un tipo que lleva más galones colgando, y cuya principal premisa es: “no pienses.  No creas. Obedece”.

Los militares han sufrido un proceso de transformación que los ha convertido en sujetos funcionales en favor de una permanente realidad ficticia (la situación de guerra), utilizando herramientas como el lavado de cerebro, la deprivación sensorial, proyección de poder, humillación, depravación, disminución de libertades a nivel contractual, etcétera.

El militar es un sujeto que está listo para dar su vida por su país “y por su bandera”.  Antepone unos supuestos intereses colectivos a sus valores individuales.  Un ejemplo:  Un grupo de políticos españoles decide que invadir Irak es bueno para los españoles (y para su bandera).  Para dicha invasión, se emplean los esfuerzos de 2.600 soldados, de los cuales 11 resultan muertos.  El trabajo de esos soldados es “no pensar” si su esfuerzo es positivo para España, sino emplearse a fondo en lo que le manda su inmediato superior.  Y justificarse –día a día, al salir y al ponerse el sol- ante la bandera española.   Repiten frases argumentando que lo hacen para “salvar y proteger nuestra patria”.  Lo hacen mientras su cerebro razona que quizá hoy sea el día en el que tienen que fusilar a algún hostil, y mientras sus cuerpos (tras una buena panza de entrenamiento físico) se llenan de adrenalina y de emoción… “con la piel de gallina al oír el himno”.

Supongo que todas estas estrategias basadas en el terror psicológico y en el autoritarismo los condicionan de modo que son capaces de rehusar a su propia identidad, y ponerse a disposición de un dudoso bien común.  Resulta que mientras nuestros soldados estaban en Irak, muriendo por “nosotros”, la mayoría de nosotros estaba deseando que desistieran en tan violento y evidente intento de robar petróleo, y volvieran a nuestros barrios.   Yo, como muchos españoles, sentí profunda vergüenza de ser español, y me sentí víctima de un sistema que había seleccionado a chicos de mi barrio, y de muchos otros barrios obreros, les había lavado el cerebro, los había armado fuertemente, y los había colocado estratégicamente para enriquecer a un hatajo de políticos fascistas cuyos hijos (y vecinos de sus barrios) nunca sabrán lo que es la guerra, pero sí disfrutarán de un tren de vida que se basa en pisotear y despreciar los niveles socioeconómicos más bajos de la sociedad (que son de los que se nutren los barracones de soldados).

Ante todos estos pensamientos, sólo me queda el consuelo (o la profunda desesperación) de pensar que todos los países del mundo funcionan con un sistema político/militar similar.  Y me pregunto de qué sirve que la inmensa mayoría de ciudadanos sean pacifistas y sólo tengan sueños “limpios” de guerra, aspirando a conseguir un mejor o peor puesto de empleo, y vivir en paz y armonía.  Y me cabrea pensar que todos formamos parte (queramos o no) de esa bandera por la que cientos de soldados se sacrifican y (lo que es todavía mucho peor) sacrifican a otros.

Si alguno de los que lee este artículo tiene alguna sugerencia o consejo que darme al respecto, se le ocurre a qué partido político puedo votar, o a qué país me puedo ir a vivir para solventar esta inquietud, que me lo diga.  Yo he alcanzado la conclusión de que no tengo alternativa.  En cierta medida, no me queda otra opción que ser un soldado silencioso de esta sociedad, aunque nunca tuve intención de alistarme.

Play it once, Sam... For old times.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Humphrey Bogart es en Casablanca lo que todo hombre quiere ser en la vida. Es el machote del que se enamoran las mujeres, que fuma cigarros sin filtro a contraluz, con un aire de tóxica arrogancia cargado con un halo de misterio. Se derriten.

No soy el primero en observar que el cine juega con los sentimientos de su público, pero en Casablanca esto se evidencia de modo particular. Estoy firmemente convencido de que si el final de Casablanca hubiese sido distinto y Humphrey hubiese cogido aquel avión con Ingrid, la vida de muchos espectadores sería distinta.

Casablanca tiene el misterioso y extraño poder de ser una película mágica por ser atemporal y eterna al mismo tiempo. Todo aquel que crea entender un ápice de lo que es el amor, apreciará Casablanca como una obra maestra. Casablanca es un piano en el que no se deja ninguna tecla por tocar. En cuanto a política: la conclusión es “no importa”. En cuanto a distancia: la conclusión es “no importa”. En cuanto a realidad: la conclusión es “no importa”. Y ¿por qué no importa? La respuesta es sencilla: porque siempre nos quedará París.

La realidad es que dos enamorados se separan de por vida en medio de una guerra que les llevará a vivir vidas difíciles en dos rincones opuestos del mundo. Y parece que eso es el destino, la consecuencia inevitable de haber jugado al juego del romance. Y he aquí donde yo opino que la vida de muchas personas sería distinta si Casablanca tuviera un final distinto. Casablanca es la obra maestra que ensalza el desamor sobre el amor como quien – seguro de su triunfo– eleva una copa tras una disputada carrera. Nos mete en la cabeza que tenemos que dejar volar – dolorosamente– la que creamos que es nuestra única oportunidad para ser feliz, en virtud de un sufrimiento eterno pero gratificante, porque el paraíso no existe, pero siempre nos quedará el consuelo de habernos acercado (París).

Lo que hubiera hecho Humphrey (lo que hubiera hecho una persona enamorada en la vida real, creo yo), sería atar a Victor Laszlo a una silla del bar, y volar a Estados Unidos con Ilsa. Y una vez allí, disfrutar del paraíso durante el resto de sus vidas. Pero he ahí el gran guiño de la película al espectador de a pie: un caballero ha de ser un perdedor para seguir siendo caballero.

Desde el punto de vista cinematográfico, no obstante, la película es impecable. Si Ilsa y Ricky hubiesen acabado desnudos en New York comiendo uvas al más puro estilo Dionisio, el espectador no hubiese acabado llorando, pero la película habría sido un total fracaso. Y creo que ahí está la clave de esta obra maestra. Para ser capaz de amar, tienen que haberte roto antes el corazón.

“A kiss is just a kiss, a sigh is just a sigh...”.

Condicionamiento Literario

miércoles, 18 de marzo de 2009


Leer es bueno.  Eso dicen las personas a las que nos queremos parecer cuando somos pequeños.  Nuestros padres se alegran cuando nos ven leer un libro y nuestros profesores siempre nombran libros cuya lectura recomiendan.   Hay hasta quien pasa la vida devorando libros sólo porque le gusta que la gente vea que los lee.  Pero creo que esta provocación e incitación a la lectura tiene un lado oscuro y tenebroso, que deberíamos tener en cuenta.  Y es que los libros no sólo entretienen, sino que también pueden enseñar.  Y eso no siempre es bueno, lo digo de verdad.


Toda esta reflexión viene porque últimamente he leído dos libros seguidos de Juan José Millás: “Laura y Julio” y “El desorden de tu nombre”.  Y la verdad es que me lo he pasado pipa con sus razonamientos neuróticos, sus paralelismos entre escritor y protagonista, las caracterizaciones de sus personajes y la inminente y cansada humanidad que late en todas sus novelas.   Pero no todo es bueno, hasta el punto de que en cierta medida me estoy arrepintiendo de haber leído estos dos libros.  Me explico.


Conozco (a distintos grados de profundidad) a muchas parejas casadas.  Pero siento que conozco muchísimo mejor a Laura y Julio (los protas de ambos libros) que a cualquiera de las parejas que me rodean.   Laura y Julio piensan y hablan en estas novelas con la facilidad con la que Millás escribe y transmite, lo cual te arrastra a un terreno en el que no puedes dudar por un momento de la existencia de ambos personajes.  Hablan de sentimientos y de cómo estos se entrelazan con la rutina del mismo modo que nos sucede a nosotros en la vida misma.   Contemplan el amor y las relaciones como una constante búsqueda en la que al final no se encuentra nada, o se encuentra algo que no se buscaba, pero siempre queda el placer y consuelo de haberla vivido.


Creo que para que podáis valorar lo que os digo tengo que remitiros necesariamente a la lectura de ambos libros, caso de que no los hayáis leído.  Cuando decía que me arrepiento de haberlos leído (siendo exagerado) me refería a que donde antes veía una pareja sonriente, ahora a veces veo Lauras y Julios e imagino relaciones como las suyas, cargadas de lucha y de momentos de alcoba.   Tras ese vecino noctámbulo y desconocido, imagino ahora a un Julio enamorado y despechado, con gente entrando y saliendo de su vida y de sus sueños.  Tras leer estos dos libros, ha variado en mí el patrón de relación estandarizada que aplicaba a las parejas que conozco. Ahora imagino de manera más tangible una relación “a lo Millás”:  en definitiva una relación con una fragilidad en la que parece que la vida adulta sea una prórroga de la adolescencia, prórroga en la que los jugadores persiguen el mismo objetivo, pero están algo más cansados y desorientados.

La crisis como lección de humanidad.

viernes, 6 de marzo de 2009

Me aburre hablar de la crisis.  Todos los días oigo esta palabra de boca de varias personas.  Hoy la he oído de boca de mi vecino del ático, del conductor del autobús, y hasta la he visto como reclamo publicitario en una tienda de electrodomésticos, en la que bajaban un 10% los precios “por la crisis”.

En época de vacas gordas todos los ciudadanos de a pie disfrutamos de lujos que nos quedaban grandes: hipotecas no acordes con nuestros sueldos, préstamos personales para puro disfrute, y un ritmo de vida que vivíamos como si nos hubiera contagiado una especie de mosca tse-tsé del consumismo.  Los síntomas eran visibles: colas infinitas en las cajas del corte inglés,  coches caros en los semáforos, pubs por la noche que se abarrotaban de jóvenes que pagaban cubatas a 8 euros y que lucían ropa cara con una sonrisa ingenua dibujada en los labios, y escasa introspección: el dinero empujaba a vivir a la gente.

Ahora ya parece que no es así. Estamos pagando los platos rotos de un sistema económico que como ciudadanos de la calle no entendemos, pero sí sufrimos. Solbes quizá ande más orientado y sepa qué hacer con su dinero, pero el ciudadano medio anda bastante desorientado, y cada uno forja su idea (normalmente distorsionada) para aliviar su sufrimiento económico en caso de que lo tenga.

Y aquí estamos todos, con caras largas, apretándonos el cinturón, comprando pollo en lugar de ternera y hablando de la crisis en el ascensor, como si fuera una tortura tener que adaptarse a esta nueva realidad.

Cada día mueren de hambre 24.000 personas según la ONU.  Mueren sencillamente porque no tienen nada que llevarse a la boca.  Y nosotros nos quejamos por tener que comer pollo.  Y es que me voy a tener que cambiar a un coche diesel, que según están las cosas no me da para gasolina.  Y qué ladrones los bancos que nos hacen sufrir así, que no nos dan ya hipotecas astronómicas para que, después de firmarlas, nos vayamos al bar a quejarnos de cómo están las cosas frente a nuestra caña de cerveza.

Nuestro gobierno aprobó recientemente un “paquete de ayudas económicas de 4100 millones de euros”.  No sé exactamente dónde irán, pero sospecho que cuando pase todo este vendaval de tristeza que es la crisis, muchos más ciudadanos de este país volverán a llenar de ternera sus neveras, y muy probablemente esos 24.000 muertos de hambre al día ya se acerquen más a los 25.000.   Así que dejemos de quejarnos y empecemos a dar gracias de vivir en este pedacito de cielo en el que pocos señores ricos vivimos a costa de que mueran muchos señores pobres que no se quejan de la crisis porque no saben lo que es ni jamás lo entenderían.

Nobles y plebeyos.

miércoles, 25 de febrero de 2009



Desde hace muchos años que vengo observando como ciudadano valenciano y español, ciertamente molesto y perplejo, la absoluta y descarada impunidad que disfrutan miembros del PP en mi comunidad y en otros bastiones que la derecha tiene por todo el país.

El “juez de moda” ha conseguido imputar a personajes tan irritantes como Carlos Fabra, presidente de la diputación de Castellón, a quien podemos escuchar de su propia voz haciendo la siguiente declaración "Yo no sé la cantidad de gente que habré colocado en 12 años", buscando el “voto agradecido”. En total Garzón ha imputado a cinco políticos “aforados” del PP, entre los que también se encuentra Francisco Camps, y el tesorero del PP Luís Bárcenas. Hasta aquí todo bien. El juez Garzón descubre causas indicio de delito, investiga, y procesa hasta a cinco altos cargos del PP.

Recientemente he leído en prensa una “querella criminal contra Baltasar Garzón” interpuesta por el PP, en la que este partido se utiliza su característico estilo cínico para defenderse de los mazazos que la justicia española le está asestando a sus cimientos construidos a base de corrupción, manipulación, enchufismo y juego sucio. Yo no sé dónde está la pieza del puzzle que he perdido, pero yo esta historia la había entendido al revés. Hay un juez que hace su trabajo e imputa a un hatajo de corruptos que forman parte del sistema político democrático español. Y lejos de arrepentirse, ser expulsados del partido, dimitir de sus cargos, asumir su responsabilidad, o reconocer la sarta de delitos que han cometido, estos altos cargos del partido popular, con ayuda de quienes no han sido salpicados por este proceso, se querellan contra el juez que les ha investigado.

La querella criminal, con todo lo mal que suena, parece hacer referencia únicamente a una cuestión formal del método de Garzón, pues al procesar a un “aforado”, la justicia que se aplica a dicha persona es distinta, por lo tanto el juez ha de delegar en otros tribunales específicos. Es un ejemplo más del “doble rasero” que existe en este y muchos países, pues no todas las personas son tratadas de igual manera por la ley vigente (más en “Los reyes para los cuentos de hadas”). Sí señores, sigue habiendo nobles y plebeyos. Y estos sucios señores, corruptos declarados, pertenecen al grupo de los nobles. En lenguaje político del siglo XXI, se les llama “aforados”, y el señor juez ha de tratarlos por ello de manera distinta. Si no lo hace, se enfrenta a que los señoritos nobles le pongan una “querella criminal”.

Y parece que hoy muchos amantes de la justicia de este país estamos algo más satisfechos al ver que alguien se atreve por primera vez a plantar cara a esta corrupción política que los ciudadanos percibimos y conocemos, que se enmascara en personajes que acuden a plenos con gafas de sol, bronceado ultravioleta y corbatas de seda. Cuando pase el huracán aparecerán otros políticos corruptos que tomarán el cargo, y probablemente sean tan pedantes y oscuros como los actuales, pero al menos tendrán que tener más cuidado con el poder judicial y con burlarse descaradamente de todos los ciudadanos a los que supuestamente representan. Aunque muy probablemente de todos los procesados en esta trama, pocos pasen a la sombra, y ninguno sufra todo lo que ha disfrutado a costa de las arcas públicas. No creo que ninguno pase el tiempo que merece detrás de esos barrotes de los que hace poco hablábamos en LTM. Y esto se debe, cómo no, a la cuestión del doble rasero, a que todavía hay nobles y plebeyos.

Y cuanto más leo el periódico, más orgulloso estoy de no ser un noble a su manera, sino un plebeyo a mi manera.

Japón I

martes, 10 de febrero de 2009

Japón es sublime tanto para las cosas grandes como para las pequeñas. Observar el rascacielos de la fotografía desde la base te hace replantearte los límites del ser humano. Apenas unos metros mas allá, un cartel que te invita a pasar una tarde de lluvia tomando café o té, y acariciando a uno de sus pequeños gatitos.

El minimalismo que impera en el diseño japonés se concilia en Yokohama con el abarrotado estilo barroco de su barrio chinatown. Caminas por una calle llena de personas que te ofrecen mil y una baratijas, y respiras los olores de las comidas que salen de mil comercios con ollas humeantes en sus puertas, cuyas fragancias se confunden con el incienso de los muchos templos incrustados en esta vorágine de trasiegos sobrecogedores.

De repente sales a un espacio gigante casi vacío, limpio como si fuera nuevo, con rascacielos al fondo, una bahía con buques ordenados en el horizonte, y sólo se oye el silencio, y sólo se huele una fresca brisa marina.


Marcos Domingo

Ego y el semáforo.

domingo, 1 de febrero de 2009




El semáforo en verde para peatones empieza a parpadear.  Siempre me pasa en ese cruce, y normalmente me molesta tener que esperar a que se vuelva a poner en verde.  Ahora no me importa, porque hoy tengo tiempo de sobra.  Detengo mi apresurada marcha junto al semáforo, y aprovecho para mirar a mi alrededor.  Todo es muy familiar, y una ola de melancolía me hace reflexionar: he cruzado este semáforo mil veces: llegando tarde a clase, volviendo a casa borracho, corriendo para un examen, temprano para trabajar… Decido que me aburre la monotonía, y que ese semáforo no me gusta.  Me divierte haber sacado esa conclusión del pobre semáforo.


Entonces me doy cuenta de que estoy sonriendo, y mi vista está posada en el infinito.  Reenfoco mi mirada perdida dirigiéndola a mi compañera de espera en el paso de peatones.  Es una chica rubia de mi edad, quizá algo más joven.  Arrastra un carrito cargado de bolsas, y me doy cuenta de que también está pensando en sus cosas.  Por un momento nuestras miradas se cruzan, y yo bajo la mía al darme cuenta de que me he quedado mirándola y sonriendo.  Sólo me ha dado tiempo a fijarme en su inocente flequillo, en su ropa deportiva y en que tenía una bonita y auténtica sonrisa. Sólo cosas buenas.


Empiezo a caminar por el paso de peatones, lanzándole a mi fugaz compañera una última ojeada de despedida.  Esta vez me está mirando ella a mí, supongo que tan divertida como yo con la situación.  Se agacha a coger una de las bolsas y su flequillo hace un gracioso movimiento al viento. Sigo caminando y sonriendo. Meto la mano en el bolsillo de mi chupa y encuentro mi agenda allí, con su pequeño bolígrafo colgando.  Me alegro de haberla cogido, aunque sea accidentalmente.  Automáticamente la saco y escribo unas palabras mientras camino… Mi agenda está llena de cosas que quise decir, y por no decírselas a otros, me las escribí para mí mismo.


Miro al frente, y veo una papelera en la esquina del kiosko, rebosante de cartones y papeles.  Automáticamente y sin pensarlo, arranco la página de mi agenda, la doblo y la dejo sobre la pila de papeles de la papelera.   Sigo caminando y sonriendo, escuchando a los Beatles (quizá ellos tengan la culpa de esta pequeña inyección de felicidad que estoy sintiendo).   Me giro al llegar al siguiente semáforo, justo a tiempo de ver a la chica del carrito cerca de la papelera estirando el brazo hacia donde yo dejé mi pedacito de papel.


Ya me vuelve a gustar el semáforo del cruce.


El monstruo silencioso... más antiguo del mundo.

martes, 20 de enero de 2009

La prostitución es un tema de conversación infrecuente. La sociedad la contempla de maneras muy diversas. Hay detractores, defensores… Y los que más rabia me dan: los que obvian su existencia. He oído sólidos argumentos salir de bocas cargadas de razón en ambos sentidos. “Si no hubiera prostitución, habría más violaciones” “El que va de putas es porque algo le falta en casa” “Todas las prostitutas están explotadas por un chulo” “Muchas prostitutas trabajan porque la mafia tiene secuestrada a su familia en su país de origen” “Vienen engañadas a trabajar como camareras” “Hay algunas que viven como reinas” “Hay quien se mete a puta porque no quiere trabajar” “Hay niñas de papá que se prostituyen para pagarse un bolso caro”… La verdad es que todos estos argumentos me cansan, y me parecen sencillamente desorientados. Ninguno es el martillazo que haya conseguido clavar el clavo de la opinión en mi cabeza, ni como defensor ni como detractor.


Supongo que hay casos de todas las índoles, como en todos los sitios o en todas las profesiones. Supongo que hay quien (al estilo de la película princesas) puede sobreponerse a las circunstancias y trabajar en la prostitución de una manera digna. Supongo que hay quien puede hacer uso de ella sin tener una carga moral demasiado pesada. Hasta ahí, bien. Pero yo tengo mi opinión, de la que se salvan todas esas excepciones. Y es que la prostitución es una de las lacras más duras que arrastra hoy la humanidad. Es el símbolo de que la estructura social está corrompida, y de que la desaprensión y la falta de principios morales están podridas en muchas personas. La autojustificación hace su función en la mayoría de casos. Hay muchos hombres que quieren ser ciegos, y ver solo a una señorita que les abre la puerta amablemente, les invita a pasar, les pide más, e incluso gime si es necesario (o se paga un extra). Y son capaces de estar tan ciegos como para creerse que es la forma natural que esa mujer tiene de alimentar a sus hijos. O lo que es peor: sencillamente no les importa, sólo quieren vaciar su sucio miembro en un agujero que (oh vaya!) es humano.


Entiendo que es muy frustrante, a nivel tanto psicológico como biológico, no practicar sexo durante mucho tiempo. Entiendo que eso lleve a personas a situaciones extremas, y entiendo que recurrir a la prostitución es una salida tremendamente fácil y accesible. Pero creo que estamos perdiendo el norte si seguimos esta línea de pensamiento. El problema está en que mucha gente no se gusta a sí misma, y por ende es imposible que le guste a otra persona. La infelicidad no es delito, pero si para buscar consuelo a la pésima y leve existencia de algunas personas, recurren a alimentar un monstruo tan desagradable como es el de la prostitución; desde mi punto de vista se está cometiendo una enorme aberración. Creo que el cliente de prostitutas está haciendo gala de una falta de humanidad ciega e incondicional. Y considero que eso es algo francamente cuestionable. Tras el visionado de la película Dogville me entraron arcadas. Ahora me repiten al plantearme que la realidad, una vez más, supera la ficción.


En cierta ocasión una profesora mía dijo algo que grabé en mi agenda de principios. Dijo que “ser justo implica hacer caso de las excepciones”. Atendiendo a esa agenda de principios he de restar de mi reflexión anterior todos los casos de prostitución en los que una mujer ha decidido en primera persona y con plenas facultades mentales vender su cuerpo para mejorar su calidad de vida. Esto es algo que no tengo interés en cuestionar ni valorar: sencillamente es su opción de vida, y merece todo el respeto. Hay casos de prostitutas que viven como reyes, y hay casos de niñas que trabajan en prostitución para pagarse un capricho. Sí señor, hay casos de todos. Mi reflexión era en torno a la otra cara de la moneda: la más común, extendida, popular, y la que se lleva (con gran diferencia) mayor pedazo de la tarta del total de clientes.


En definitiva, mi voluntad no es otra que apelar a la moralidad. No dejemos de pensar que hay cientos de mujeres en nuestra ciudad que están siendo explotadas y violadas de manera sistemática y para lucro de unos pocos mafiosos. No echemos la vista a un lado cuando pasemos por la rotonda en la que trabajan, no obviemos su existencia. Posicionémonos, hablemos de prostitución, pongamos el asunto encima de la mesa. Si somos ciudadanos, critiquémoslo. Si somos policías, investiguémoslo. Si somos jueces, legislémoslo. Pero dejemos de tratar a humanos como animales: Eso nos convierte a nosotros mismos en animales.


Mrk.

De hombres y barrotes

lunes, 12 de enero de 2009


No todo el mundo tiene derecho a la libertad. Quizá suene triste, pero así lo establece el sistema judicial de todos los países del mundo que yo conozco. La mayoría de nosotros no nos hemos siquiera parado a reflexionar sobre la realidad de miles de personas que viven reclusas en centros penitenciarios de nuestro país. Resulta sorprendente cómo hacemos la vista gorda cuando pasamos cerca de un establecimiento penitenciario, y cómo omitimos completamente la realidad de esos montones de personas que arrastran su vida un día tras otro, viviendo con mucha pena y sin conocer la gloria. Ellos me han ayudado a comprender conceptos como desidia, desesperanza, sumisión, miseria.

Viven a pocos kilómetros de nuestras ciudades, en algunos casos a escasos metros de nuestros campos de golf, y por suerte tenemos una gran excusa para no sentir lástima por ellos: “han hecho algo malo, por algo están ahí”. Y lo peor de todo: es una excusa infalible.

Hoy paseaba por el campo con un presidiario melancólico. Él estaba mirando fijamente una pequeña planta verde, posiblemente la más corriente de toda la dehesa. Cuando ha advertido mi presencia me ha dicho con voz profunda: Qué pasada. Qué distinto es esto de las rayas del patio. Tenía los ojos inexpresivos, como siempre. Algo he aprendido últimamente: los presos no lloran casi nunca por fuera. Lloran mucho por dentro.

La rutina penitenciaria consiste básicamente en llevar la rutina casi al nivel de tortura. Cuántas veces he oído en la calle… “viven como en un hotel” -normalmente acompañado de una sonrisa hipócrita-. Por eso la reflexión que hoy hago no es acerca del sistema penitenciario español, sino acerca de la humanidad. Esa humanidad que perdemos al hablar de los presos. Cuando una persona libre comete un delito, en ocasiones pierde su libertad. El resto de mortales así lo entendemos. Pero el tema tiene miga.

Para mí, una de las capacidades más mágicas y bonitas que tiene el hombre es la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Es lo que los psicólogos llamamos “empatía”. Somos capaces de empatizar con un hombre ciego, con un desempleado, con un millonario. En ocasiones, incluso somos capaces de empatizar con una prostituta. Pero nunca seremos capaces de empatizar con un criminal. ¿Son los criminales humanos? Se parecen mucho, pero ¿tienen los mismos derechos que los humanos?

Sentimos repulsión cuando contemplamos el término “tortura”. Pero hay agravantes y atenuantes. Por ejemplo: torturan a un turista cuyo rescate no ha sido pagado. Repulsión: 10/10. Torturan a un asesino. Repulsión: X/10. Torturan al violador de una persona cercana a ti. Repulsión: X/10. Los resultados a estas incógnitas (Xs) a nivel poblacional producen escalofríos.

Creo que la empatía es también la capacidad más humana de las que tiene el hombre. Creo que quien comete un crimen debe pagarlo. Y creo que cuando pasamos por una prisión tenemos la obligación moral de sentir algo por esos miles de personas que ahí dentro no tienen derechos, porque se los han quitado. No tienen derecho a posar la vista en el horizonte. En algunos casos, no tienen derecho a la higiene básica. No tienen derecho a encender la luz a medianoche. No tienen 5 minutos a solas para contemplar la foto de su madre o de su pareja, tampoco los tienen para escribirles una carta, ni para meditar… ni para masturbarse.

Será tarea del juez determinar su castigo. Podemos estar de acuerdo con él o no estarlo, pero por favor, no dejemos de sentir cuando pasamos próximo a una prisión. Son personas, y su existencia es tan miserable como silenciosa.