Nobles y plebeyos.

miércoles, 25 de febrero de 2009



Desde hace muchos años que vengo observando como ciudadano valenciano y español, ciertamente molesto y perplejo, la absoluta y descarada impunidad que disfrutan miembros del PP en mi comunidad y en otros bastiones que la derecha tiene por todo el país.

El “juez de moda” ha conseguido imputar a personajes tan irritantes como Carlos Fabra, presidente de la diputación de Castellón, a quien podemos escuchar de su propia voz haciendo la siguiente declaración "Yo no sé la cantidad de gente que habré colocado en 12 años", buscando el “voto agradecido”. En total Garzón ha imputado a cinco políticos “aforados” del PP, entre los que también se encuentra Francisco Camps, y el tesorero del PP Luís Bárcenas. Hasta aquí todo bien. El juez Garzón descubre causas indicio de delito, investiga, y procesa hasta a cinco altos cargos del PP.

Recientemente he leído en prensa una “querella criminal contra Baltasar Garzón” interpuesta por el PP, en la que este partido se utiliza su característico estilo cínico para defenderse de los mazazos que la justicia española le está asestando a sus cimientos construidos a base de corrupción, manipulación, enchufismo y juego sucio. Yo no sé dónde está la pieza del puzzle que he perdido, pero yo esta historia la había entendido al revés. Hay un juez que hace su trabajo e imputa a un hatajo de corruptos que forman parte del sistema político democrático español. Y lejos de arrepentirse, ser expulsados del partido, dimitir de sus cargos, asumir su responsabilidad, o reconocer la sarta de delitos que han cometido, estos altos cargos del partido popular, con ayuda de quienes no han sido salpicados por este proceso, se querellan contra el juez que les ha investigado.

La querella criminal, con todo lo mal que suena, parece hacer referencia únicamente a una cuestión formal del método de Garzón, pues al procesar a un “aforado”, la justicia que se aplica a dicha persona es distinta, por lo tanto el juez ha de delegar en otros tribunales específicos. Es un ejemplo más del “doble rasero” que existe en este y muchos países, pues no todas las personas son tratadas de igual manera por la ley vigente (más en “Los reyes para los cuentos de hadas”). Sí señores, sigue habiendo nobles y plebeyos. Y estos sucios señores, corruptos declarados, pertenecen al grupo de los nobles. En lenguaje político del siglo XXI, se les llama “aforados”, y el señor juez ha de tratarlos por ello de manera distinta. Si no lo hace, se enfrenta a que los señoritos nobles le pongan una “querella criminal”.

Y parece que hoy muchos amantes de la justicia de este país estamos algo más satisfechos al ver que alguien se atreve por primera vez a plantar cara a esta corrupción política que los ciudadanos percibimos y conocemos, que se enmascara en personajes que acuden a plenos con gafas de sol, bronceado ultravioleta y corbatas de seda. Cuando pase el huracán aparecerán otros políticos corruptos que tomarán el cargo, y probablemente sean tan pedantes y oscuros como los actuales, pero al menos tendrán que tener más cuidado con el poder judicial y con burlarse descaradamente de todos los ciudadanos a los que supuestamente representan. Aunque muy probablemente de todos los procesados en esta trama, pocos pasen a la sombra, y ninguno sufra todo lo que ha disfrutado a costa de las arcas públicas. No creo que ninguno pase el tiempo que merece detrás de esos barrotes de los que hace poco hablábamos en LTM. Y esto se debe, cómo no, a la cuestión del doble rasero, a que todavía hay nobles y plebeyos.

Y cuanto más leo el periódico, más orgulloso estoy de no ser un noble a su manera, sino un plebeyo a mi manera.

Japón I

martes, 10 de febrero de 2009

Japón es sublime tanto para las cosas grandes como para las pequeñas. Observar el rascacielos de la fotografía desde la base te hace replantearte los límites del ser humano. Apenas unos metros mas allá, un cartel que te invita a pasar una tarde de lluvia tomando café o té, y acariciando a uno de sus pequeños gatitos.

El minimalismo que impera en el diseño japonés se concilia en Yokohama con el abarrotado estilo barroco de su barrio chinatown. Caminas por una calle llena de personas que te ofrecen mil y una baratijas, y respiras los olores de las comidas que salen de mil comercios con ollas humeantes en sus puertas, cuyas fragancias se confunden con el incienso de los muchos templos incrustados en esta vorágine de trasiegos sobrecogedores.

De repente sales a un espacio gigante casi vacío, limpio como si fuera nuevo, con rascacielos al fondo, una bahía con buques ordenados en el horizonte, y sólo se oye el silencio, y sólo se huele una fresca brisa marina.


Marcos Domingo

Ego y el semáforo.

domingo, 1 de febrero de 2009




El semáforo en verde para peatones empieza a parpadear.  Siempre me pasa en ese cruce, y normalmente me molesta tener que esperar a que se vuelva a poner en verde.  Ahora no me importa, porque hoy tengo tiempo de sobra.  Detengo mi apresurada marcha junto al semáforo, y aprovecho para mirar a mi alrededor.  Todo es muy familiar, y una ola de melancolía me hace reflexionar: he cruzado este semáforo mil veces: llegando tarde a clase, volviendo a casa borracho, corriendo para un examen, temprano para trabajar… Decido que me aburre la monotonía, y que ese semáforo no me gusta.  Me divierte haber sacado esa conclusión del pobre semáforo.


Entonces me doy cuenta de que estoy sonriendo, y mi vista está posada en el infinito.  Reenfoco mi mirada perdida dirigiéndola a mi compañera de espera en el paso de peatones.  Es una chica rubia de mi edad, quizá algo más joven.  Arrastra un carrito cargado de bolsas, y me doy cuenta de que también está pensando en sus cosas.  Por un momento nuestras miradas se cruzan, y yo bajo la mía al darme cuenta de que me he quedado mirándola y sonriendo.  Sólo me ha dado tiempo a fijarme en su inocente flequillo, en su ropa deportiva y en que tenía una bonita y auténtica sonrisa. Sólo cosas buenas.


Empiezo a caminar por el paso de peatones, lanzándole a mi fugaz compañera una última ojeada de despedida.  Esta vez me está mirando ella a mí, supongo que tan divertida como yo con la situación.  Se agacha a coger una de las bolsas y su flequillo hace un gracioso movimiento al viento. Sigo caminando y sonriendo. Meto la mano en el bolsillo de mi chupa y encuentro mi agenda allí, con su pequeño bolígrafo colgando.  Me alegro de haberla cogido, aunque sea accidentalmente.  Automáticamente la saco y escribo unas palabras mientras camino… Mi agenda está llena de cosas que quise decir, y por no decírselas a otros, me las escribí para mí mismo.


Miro al frente, y veo una papelera en la esquina del kiosko, rebosante de cartones y papeles.  Automáticamente y sin pensarlo, arranco la página de mi agenda, la doblo y la dejo sobre la pila de papeles de la papelera.   Sigo caminando y sonriendo, escuchando a los Beatles (quizá ellos tengan la culpa de esta pequeña inyección de felicidad que estoy sintiendo).   Me giro al llegar al siguiente semáforo, justo a tiempo de ver a la chica del carrito cerca de la papelera estirando el brazo hacia donde yo dejé mi pedacito de papel.


Ya me vuelve a gustar el semáforo del cruce.