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Play it once, Sam... For old times.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Humphrey Bogart es en Casablanca lo que todo hombre quiere ser en la vida. Es el machote del que se enamoran las mujeres, que fuma cigarros sin filtro a contraluz, con un aire de tóxica arrogancia cargado con un halo de misterio. Se derriten.

No soy el primero en observar que el cine juega con los sentimientos de su público, pero en Casablanca esto se evidencia de modo particular. Estoy firmemente convencido de que si el final de Casablanca hubiese sido distinto y Humphrey hubiese cogido aquel avión con Ingrid, la vida de muchos espectadores sería distinta.

Casablanca tiene el misterioso y extraño poder de ser una película mágica por ser atemporal y eterna al mismo tiempo. Todo aquel que crea entender un ápice de lo que es el amor, apreciará Casablanca como una obra maestra. Casablanca es un piano en el que no se deja ninguna tecla por tocar. En cuanto a política: la conclusión es “no importa”. En cuanto a distancia: la conclusión es “no importa”. En cuanto a realidad: la conclusión es “no importa”. Y ¿por qué no importa? La respuesta es sencilla: porque siempre nos quedará París.

La realidad es que dos enamorados se separan de por vida en medio de una guerra que les llevará a vivir vidas difíciles en dos rincones opuestos del mundo. Y parece que eso es el destino, la consecuencia inevitable de haber jugado al juego del romance. Y he aquí donde yo opino que la vida de muchas personas sería distinta si Casablanca tuviera un final distinto. Casablanca es la obra maestra que ensalza el desamor sobre el amor como quien – seguro de su triunfo– eleva una copa tras una disputada carrera. Nos mete en la cabeza que tenemos que dejar volar – dolorosamente– la que creamos que es nuestra única oportunidad para ser feliz, en virtud de un sufrimiento eterno pero gratificante, porque el paraíso no existe, pero siempre nos quedará el consuelo de habernos acercado (París).

Lo que hubiera hecho Humphrey (lo que hubiera hecho una persona enamorada en la vida real, creo yo), sería atar a Victor Laszlo a una silla del bar, y volar a Estados Unidos con Ilsa. Y una vez allí, disfrutar del paraíso durante el resto de sus vidas. Pero he ahí el gran guiño de la película al espectador de a pie: un caballero ha de ser un perdedor para seguir siendo caballero.

Desde el punto de vista cinematográfico, no obstante, la película es impecable. Si Ilsa y Ricky hubiesen acabado desnudos en New York comiendo uvas al más puro estilo Dionisio, el espectador no hubiese acabado llorando, pero la película habría sido un total fracaso. Y creo que ahí está la clave de esta obra maestra. Para ser capaz de amar, tienen que haberte roto antes el corazón.

“A kiss is just a kiss, a sigh is just a sigh...”.

Japón I

martes, 10 de febrero de 2009

Japón es sublime tanto para las cosas grandes como para las pequeñas. Observar el rascacielos de la fotografía desde la base te hace replantearte los límites del ser humano. Apenas unos metros mas allá, un cartel que te invita a pasar una tarde de lluvia tomando café o té, y acariciando a uno de sus pequeños gatitos.

El minimalismo que impera en el diseño japonés se concilia en Yokohama con el abarrotado estilo barroco de su barrio chinatown. Caminas por una calle llena de personas que te ofrecen mil y una baratijas, y respiras los olores de las comidas que salen de mil comercios con ollas humeantes en sus puertas, cuyas fragancias se confunden con el incienso de los muchos templos incrustados en esta vorágine de trasiegos sobrecogedores.

De repente sales a un espacio gigante casi vacío, limpio como si fuera nuevo, con rascacielos al fondo, una bahía con buques ordenados en el horizonte, y sólo se oye el silencio, y sólo se huele una fresca brisa marina.


Marcos Domingo

El monstruo silencioso... más antiguo del mundo.

martes, 20 de enero de 2009

La prostitución es un tema de conversación infrecuente. La sociedad la contempla de maneras muy diversas. Hay detractores, defensores… Y los que más rabia me dan: los que obvian su existencia. He oído sólidos argumentos salir de bocas cargadas de razón en ambos sentidos. “Si no hubiera prostitución, habría más violaciones” “El que va de putas es porque algo le falta en casa” “Todas las prostitutas están explotadas por un chulo” “Muchas prostitutas trabajan porque la mafia tiene secuestrada a su familia en su país de origen” “Vienen engañadas a trabajar como camareras” “Hay algunas que viven como reinas” “Hay quien se mete a puta porque no quiere trabajar” “Hay niñas de papá que se prostituyen para pagarse un bolso caro”… La verdad es que todos estos argumentos me cansan, y me parecen sencillamente desorientados. Ninguno es el martillazo que haya conseguido clavar el clavo de la opinión en mi cabeza, ni como defensor ni como detractor.


Supongo que hay casos de todas las índoles, como en todos los sitios o en todas las profesiones. Supongo que hay quien (al estilo de la película princesas) puede sobreponerse a las circunstancias y trabajar en la prostitución de una manera digna. Supongo que hay quien puede hacer uso de ella sin tener una carga moral demasiado pesada. Hasta ahí, bien. Pero yo tengo mi opinión, de la que se salvan todas esas excepciones. Y es que la prostitución es una de las lacras más duras que arrastra hoy la humanidad. Es el símbolo de que la estructura social está corrompida, y de que la desaprensión y la falta de principios morales están podridas en muchas personas. La autojustificación hace su función en la mayoría de casos. Hay muchos hombres que quieren ser ciegos, y ver solo a una señorita que les abre la puerta amablemente, les invita a pasar, les pide más, e incluso gime si es necesario (o se paga un extra). Y son capaces de estar tan ciegos como para creerse que es la forma natural que esa mujer tiene de alimentar a sus hijos. O lo que es peor: sencillamente no les importa, sólo quieren vaciar su sucio miembro en un agujero que (oh vaya!) es humano.


Entiendo que es muy frustrante, a nivel tanto psicológico como biológico, no practicar sexo durante mucho tiempo. Entiendo que eso lleve a personas a situaciones extremas, y entiendo que recurrir a la prostitución es una salida tremendamente fácil y accesible. Pero creo que estamos perdiendo el norte si seguimos esta línea de pensamiento. El problema está en que mucha gente no se gusta a sí misma, y por ende es imposible que le guste a otra persona. La infelicidad no es delito, pero si para buscar consuelo a la pésima y leve existencia de algunas personas, recurren a alimentar un monstruo tan desagradable como es el de la prostitución; desde mi punto de vista se está cometiendo una enorme aberración. Creo que el cliente de prostitutas está haciendo gala de una falta de humanidad ciega e incondicional. Y considero que eso es algo francamente cuestionable. Tras el visionado de la película Dogville me entraron arcadas. Ahora me repiten al plantearme que la realidad, una vez más, supera la ficción.


En cierta ocasión una profesora mía dijo algo que grabé en mi agenda de principios. Dijo que “ser justo implica hacer caso de las excepciones”. Atendiendo a esa agenda de principios he de restar de mi reflexión anterior todos los casos de prostitución en los que una mujer ha decidido en primera persona y con plenas facultades mentales vender su cuerpo para mejorar su calidad de vida. Esto es algo que no tengo interés en cuestionar ni valorar: sencillamente es su opción de vida, y merece todo el respeto. Hay casos de prostitutas que viven como reyes, y hay casos de niñas que trabajan en prostitución para pagarse un capricho. Sí señor, hay casos de todos. Mi reflexión era en torno a la otra cara de la moneda: la más común, extendida, popular, y la que se lleva (con gran diferencia) mayor pedazo de la tarta del total de clientes.


En definitiva, mi voluntad no es otra que apelar a la moralidad. No dejemos de pensar que hay cientos de mujeres en nuestra ciudad que están siendo explotadas y violadas de manera sistemática y para lucro de unos pocos mafiosos. No echemos la vista a un lado cuando pasemos por la rotonda en la que trabajan, no obviemos su existencia. Posicionémonos, hablemos de prostitución, pongamos el asunto encima de la mesa. Si somos ciudadanos, critiquémoslo. Si somos policías, investiguémoslo. Si somos jueces, legislémoslo. Pero dejemos de tratar a humanos como animales: Eso nos convierte a nosotros mismos en animales.


Mrk.