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Soldadito Español

martes, 7 de abril de 2009

 Siempre me ha intrigado la férrea disciplina a la que se someten las personas que se meten al ejército.  Mi visión, como siempre, es la de ciudadano corriente: cuando pienso en un cuartel, me imagino el de las películas, y cuando pienso en un soldado, pienso en el soldado patoso de la chaqueta metálica.  Cuando pienso en un sargento, pienso en el sargento de hierro (Clint Eastwood).  Hasta la fecha suponía que mi estereotipada imagen era fruto de mi incultura al respecto, y que en la vida real los militares distarían mucho de estos personajes de película.

Hoy he tenido –por circunstancias de la vida- una larga conversación con un militar de carrera, que lleva 9 años en el ejército (actualmente es cabo) y está preparando su acceso al grado de sargento.  Me he pasado toda la conversación acribillándole a preguntas, y pese a que él me respondía de una manera muy clara, como persona y como profesional (a veces estas dos identidades se entrecruzaban de manera peculiar), cuando ha terminado nuestra conversación yo todavía tenía más interrogantes en mi mente que al empezar con ella.

Mi conclusión personal es que el ejército es un sistema autoritario formado por muchas unidades autocráticas que funcionan con un grupo de sujetos despersonalizados (como robots), que actúan a la voluntad totalitaria del militar de rango superior.  Me ha quedado una definición algo “pesada”, así que la traduciré a una versión más digerible: El ejército es un grupo de gente que actúa sin voluntad propia, atendiendo a las órdenes de un tipo que lleva más galones colgando, y cuya principal premisa es: “no pienses.  No creas. Obedece”.

Los militares han sufrido un proceso de transformación que los ha convertido en sujetos funcionales en favor de una permanente realidad ficticia (la situación de guerra), utilizando herramientas como el lavado de cerebro, la deprivación sensorial, proyección de poder, humillación, depravación, disminución de libertades a nivel contractual, etcétera.

El militar es un sujeto que está listo para dar su vida por su país “y por su bandera”.  Antepone unos supuestos intereses colectivos a sus valores individuales.  Un ejemplo:  Un grupo de políticos españoles decide que invadir Irak es bueno para los españoles (y para su bandera).  Para dicha invasión, se emplean los esfuerzos de 2.600 soldados, de los cuales 11 resultan muertos.  El trabajo de esos soldados es “no pensar” si su esfuerzo es positivo para España, sino emplearse a fondo en lo que le manda su inmediato superior.  Y justificarse –día a día, al salir y al ponerse el sol- ante la bandera española.   Repiten frases argumentando que lo hacen para “salvar y proteger nuestra patria”.  Lo hacen mientras su cerebro razona que quizá hoy sea el día en el que tienen que fusilar a algún hostil, y mientras sus cuerpos (tras una buena panza de entrenamiento físico) se llenan de adrenalina y de emoción… “con la piel de gallina al oír el himno”.

Supongo que todas estas estrategias basadas en el terror psicológico y en el autoritarismo los condicionan de modo que son capaces de rehusar a su propia identidad, y ponerse a disposición de un dudoso bien común.  Resulta que mientras nuestros soldados estaban en Irak, muriendo por “nosotros”, la mayoría de nosotros estaba deseando que desistieran en tan violento y evidente intento de robar petróleo, y volvieran a nuestros barrios.   Yo, como muchos españoles, sentí profunda vergüenza de ser español, y me sentí víctima de un sistema que había seleccionado a chicos de mi barrio, y de muchos otros barrios obreros, les había lavado el cerebro, los había armado fuertemente, y los había colocado estratégicamente para enriquecer a un hatajo de políticos fascistas cuyos hijos (y vecinos de sus barrios) nunca sabrán lo que es la guerra, pero sí disfrutarán de un tren de vida que se basa en pisotear y despreciar los niveles socioeconómicos más bajos de la sociedad (que son de los que se nutren los barracones de soldados).

Ante todos estos pensamientos, sólo me queda el consuelo (o la profunda desesperación) de pensar que todos los países del mundo funcionan con un sistema político/militar similar.  Y me pregunto de qué sirve que la inmensa mayoría de ciudadanos sean pacifistas y sólo tengan sueños “limpios” de guerra, aspirando a conseguir un mejor o peor puesto de empleo, y vivir en paz y armonía.  Y me cabrea pensar que todos formamos parte (queramos o no) de esa bandera por la que cientos de soldados se sacrifican y (lo que es todavía mucho peor) sacrifican a otros.

Si alguno de los que lee este artículo tiene alguna sugerencia o consejo que darme al respecto, se le ocurre a qué partido político puedo votar, o a qué país me puedo ir a vivir para solventar esta inquietud, que me lo diga.  Yo he alcanzado la conclusión de que no tengo alternativa.  En cierta medida, no me queda otra opción que ser un soldado silencioso de esta sociedad, aunque nunca tuve intención de alistarme.

Nobles y plebeyos.

miércoles, 25 de febrero de 2009



Desde hace muchos años que vengo observando como ciudadano valenciano y español, ciertamente molesto y perplejo, la absoluta y descarada impunidad que disfrutan miembros del PP en mi comunidad y en otros bastiones que la derecha tiene por todo el país.

El “juez de moda” ha conseguido imputar a personajes tan irritantes como Carlos Fabra, presidente de la diputación de Castellón, a quien podemos escuchar de su propia voz haciendo la siguiente declaración "Yo no sé la cantidad de gente que habré colocado en 12 años", buscando el “voto agradecido”. En total Garzón ha imputado a cinco políticos “aforados” del PP, entre los que también se encuentra Francisco Camps, y el tesorero del PP Luís Bárcenas. Hasta aquí todo bien. El juez Garzón descubre causas indicio de delito, investiga, y procesa hasta a cinco altos cargos del PP.

Recientemente he leído en prensa una “querella criminal contra Baltasar Garzón” interpuesta por el PP, en la que este partido se utiliza su característico estilo cínico para defenderse de los mazazos que la justicia española le está asestando a sus cimientos construidos a base de corrupción, manipulación, enchufismo y juego sucio. Yo no sé dónde está la pieza del puzzle que he perdido, pero yo esta historia la había entendido al revés. Hay un juez que hace su trabajo e imputa a un hatajo de corruptos que forman parte del sistema político democrático español. Y lejos de arrepentirse, ser expulsados del partido, dimitir de sus cargos, asumir su responsabilidad, o reconocer la sarta de delitos que han cometido, estos altos cargos del partido popular, con ayuda de quienes no han sido salpicados por este proceso, se querellan contra el juez que les ha investigado.

La querella criminal, con todo lo mal que suena, parece hacer referencia únicamente a una cuestión formal del método de Garzón, pues al procesar a un “aforado”, la justicia que se aplica a dicha persona es distinta, por lo tanto el juez ha de delegar en otros tribunales específicos. Es un ejemplo más del “doble rasero” que existe en este y muchos países, pues no todas las personas son tratadas de igual manera por la ley vigente (más en “Los reyes para los cuentos de hadas”). Sí señores, sigue habiendo nobles y plebeyos. Y estos sucios señores, corruptos declarados, pertenecen al grupo de los nobles. En lenguaje político del siglo XXI, se les llama “aforados”, y el señor juez ha de tratarlos por ello de manera distinta. Si no lo hace, se enfrenta a que los señoritos nobles le pongan una “querella criminal”.

Y parece que hoy muchos amantes de la justicia de este país estamos algo más satisfechos al ver que alguien se atreve por primera vez a plantar cara a esta corrupción política que los ciudadanos percibimos y conocemos, que se enmascara en personajes que acuden a plenos con gafas de sol, bronceado ultravioleta y corbatas de seda. Cuando pase el huracán aparecerán otros políticos corruptos que tomarán el cargo, y probablemente sean tan pedantes y oscuros como los actuales, pero al menos tendrán que tener más cuidado con el poder judicial y con burlarse descaradamente de todos los ciudadanos a los que supuestamente representan. Aunque muy probablemente de todos los procesados en esta trama, pocos pasen a la sombra, y ninguno sufra todo lo que ha disfrutado a costa de las arcas públicas. No creo que ninguno pase el tiempo que merece detrás de esos barrotes de los que hace poco hablábamos en LTM. Y esto se debe, cómo no, a la cuestión del doble rasero, a que todavía hay nobles y plebeyos.

Y cuanto más leo el periódico, más orgulloso estoy de no ser un noble a su manera, sino un plebeyo a mi manera.