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De hombres y barrotes

lunes, 12 de enero de 2009


No todo el mundo tiene derecho a la libertad. Quizá suene triste, pero así lo establece el sistema judicial de todos los países del mundo que yo conozco. La mayoría de nosotros no nos hemos siquiera parado a reflexionar sobre la realidad de miles de personas que viven reclusas en centros penitenciarios de nuestro país. Resulta sorprendente cómo hacemos la vista gorda cuando pasamos cerca de un establecimiento penitenciario, y cómo omitimos completamente la realidad de esos montones de personas que arrastran su vida un día tras otro, viviendo con mucha pena y sin conocer la gloria. Ellos me han ayudado a comprender conceptos como desidia, desesperanza, sumisión, miseria.

Viven a pocos kilómetros de nuestras ciudades, en algunos casos a escasos metros de nuestros campos de golf, y por suerte tenemos una gran excusa para no sentir lástima por ellos: “han hecho algo malo, por algo están ahí”. Y lo peor de todo: es una excusa infalible.

Hoy paseaba por el campo con un presidiario melancólico. Él estaba mirando fijamente una pequeña planta verde, posiblemente la más corriente de toda la dehesa. Cuando ha advertido mi presencia me ha dicho con voz profunda: Qué pasada. Qué distinto es esto de las rayas del patio. Tenía los ojos inexpresivos, como siempre. Algo he aprendido últimamente: los presos no lloran casi nunca por fuera. Lloran mucho por dentro.

La rutina penitenciaria consiste básicamente en llevar la rutina casi al nivel de tortura. Cuántas veces he oído en la calle… “viven como en un hotel” -normalmente acompañado de una sonrisa hipócrita-. Por eso la reflexión que hoy hago no es acerca del sistema penitenciario español, sino acerca de la humanidad. Esa humanidad que perdemos al hablar de los presos. Cuando una persona libre comete un delito, en ocasiones pierde su libertad. El resto de mortales así lo entendemos. Pero el tema tiene miga.

Para mí, una de las capacidades más mágicas y bonitas que tiene el hombre es la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Es lo que los psicólogos llamamos “empatía”. Somos capaces de empatizar con un hombre ciego, con un desempleado, con un millonario. En ocasiones, incluso somos capaces de empatizar con una prostituta. Pero nunca seremos capaces de empatizar con un criminal. ¿Son los criminales humanos? Se parecen mucho, pero ¿tienen los mismos derechos que los humanos?

Sentimos repulsión cuando contemplamos el término “tortura”. Pero hay agravantes y atenuantes. Por ejemplo: torturan a un turista cuyo rescate no ha sido pagado. Repulsión: 10/10. Torturan a un asesino. Repulsión: X/10. Torturan al violador de una persona cercana a ti. Repulsión: X/10. Los resultados a estas incógnitas (Xs) a nivel poblacional producen escalofríos.

Creo que la empatía es también la capacidad más humana de las que tiene el hombre. Creo que quien comete un crimen debe pagarlo. Y creo que cuando pasamos por una prisión tenemos la obligación moral de sentir algo por esos miles de personas que ahí dentro no tienen derechos, porque se los han quitado. No tienen derecho a posar la vista en el horizonte. En algunos casos, no tienen derecho a la higiene básica. No tienen derecho a encender la luz a medianoche. No tienen 5 minutos a solas para contemplar la foto de su madre o de su pareja, tampoco los tienen para escribirles una carta, ni para meditar… ni para masturbarse.

Será tarea del juez determinar su castigo. Podemos estar de acuerdo con él o no estarlo, pero por favor, no dejemos de sentir cuando pasamos próximo a una prisión. Son personas, y su existencia es tan miserable como silenciosa.