No te vayas, Benedetti.

lunes, 18 de mayo de 2009


Ha fallecido Mario Benedetti en Montevideo, a los 88 años. Esta ha sido una semana trágica para los amantes de la cultura.  Hace unos días publicamos con tristeza un eco del fallecimiento de Antonio Vega.  Hoy tenemos que lamentar el fallecimiento de Mario Benedetti.

Dicen que las muertes vienen de tres en tres, y en este caso ha sido así.  Murió Antonio Vega, ha muerto Mario Benedetti, y también se ha ido con ellos una parte de todos los que amamos su obra.

Aunque sea de manera póstuma, quiero desde aquí dar las gracias a Benedetti por todos los buenos momentos que me ha hecho pasar.  Desde que he sabido de su muerte, me he dedicado a pulular por su obra, y he reconocido el título de algunos de sus cuentos al tiempo al que los relacionaba con el momento en que los leí.  Y desde aquí quiero decirle a Benedetti, porque para mí sigue vivo, que le agradezco mucho haberme acompañado y hecho más feliz en todos esos momentos.  Gracias por tu prosa cargada de ironía, sobria, precisa, producto de un hombre ejemplar y cultivado, “insobornable”, como lo definen algunos.  En varias ocasiones he regalado un libro de Benedetti. Quiero darle las gracias también por haberme dado la oportunidad de hacer un regalo tan fabuloso.

Si me paro a pensar, hay ciertos ideales políticos y sobre la vida que comparto con Benedetti y con otros escritores a los que admiro.  Y esto no se debe a una coincidencia, se debe puramente al hecho de que ellos me los han enseñado.  Imagino a Benedetti sentado, solo, escribiendo en su pupitre un libro que luego será publicado.  Y veo a un profesor que está enseñando a miles de lectores cómo ser mejor persona, cómo amar la literatura, la cultura, al prójimo, amar el amor, amar la vida.  Y le doy las gracias de nuevo a Benedetti por ser ese gran escritor, y ese mejor maestro.

Benedetti ha escrito mucho, y seguramente porque ha vivido mucho. Luz López Alegre, su luz y su alegría, fue su esposa y musa.  Seguramente Benedetti ha sabido amar tan bien como ha sabido escribir, dos cosas que son en cierto modo lo mismo.  Mento a su mujer porque estoy casi seguro de que desde que ella falleció, Benedetti empezó también a apagarse.  Y porque estoy casi seguro de que él no habría sido él, sin ella.

Para terminar quisiera reproducir un pedacito de poesía, la que me parece que más se adapta a este momento.

Fragmento de “Ausencia de Dios”:

“…

Ahora qué miedo inútil, qué vergüenza
no tener oración para morder,
no tener fe para clavar las uñas,
no tener nada más que la noche,
saber que dios se muere, se resbala,
saber que dios retrocede con los brazos cerrados,
con los labios cerrados, con la niebla,
como un campanario atrozmente en ruinas
que desandara siglos de ceniza.

…” Mario Benedetti.

Descansa en Paz, Benedetti.

Salitre en el corazón

sábado, 2 de mayo de 2009


Una ciudad con mar.  Cada año, hay un día en el que me siento bien.  Siempre es un día de primavera, un día soleado y bueno, en el que me levanto con la seguridad de que no va a pasar nada malo.  Es el día en el que aparco el invierno en el parking de larga estancia, saco el bañador, y me voy a reencontrarme con el mar.  Nunca espero a verano por dos motivos.  Uno es que no quiero que nadie me moleste en la playa, y normalmente en pascua hay menos gente.  Y el otro es que sencillamente no puedo.  Soy un impaciente.  Siempre abro los regalos nada más verlos, los entrego siempre antes de tiempo,  y me meto en la ducha antes de que salga el agua caliente. Tampoco puedo esperar a verano para ir a la playa.  En cuanto el termómetro sube de 20º, corro a zambullirme en el Mediterráneo.

Yo tengo la firme convicción de que el invierno sólo sirve para que podamos disfrutar más del verano,  al igual que la tristeza sólo existe para que aprendamos a valorar la felicidad.   Pero bueno, os sigo contando: Siempre saco el bañador del cajón de la ropa de verano, con olor a antipolillas, arrugado y acartonado.  Ya puedo oler el mar cuando lo toco (y no es que lo guardara sucio).  Me lo pongo mientras me río de mis patas todavía blancuzcas, y me coloco la camiseta de tirantes pensando en que esto es un desastre, que mañana iré al gimnasio.  Pero hoy no, hoy toca playa.

Suelen acompañarme Los Piratas o Lunapop en mi viaje.  Siempre que puedo, lo hago en dos ruedas.  La diferencia entre el coche y la moto es la diferencia entre la monotonía y la libertad, entre el invierno y el verano, entre el miedo y el placer de arriesgar.   Elijo mi playa favorita, una playa que he caminado tantas veces en verano como he soñado en invierno.  Paso revista a las instalaciones, naturales y artificiales.  Cojo un puñado de arena y palpo algunas conchas, como quien encuentra un viejo souvenir.  Intento cerrar los ojos para mi primer contacto con el agua, y siempre (aunque estuviera en preaviso) me parece más fría de lo que esperaba.  Abro los ojos y miro directamente al sol (si me viera la chica que me vende las gafas de sol en la óptica…), y celebro el no haber cogido (deliberadamente) ni protector solar ni gafas de sol.  El primer día es un día de reconocimiento,  de desnudez, en el que voy a recordarle mi nombre al mar, para que sepa que vamos a ser amigos durante los próximos meses.

El olor del mar, el calor de la arena, la sensación de los granos de arena en las plantas de los pies, la piel ardiendo al sol, el salitre cubriendo mis poros con una agradable molestia… Recuerdo una conversación con un amigo en la que le decía que yo jamás podría vivir en una ciudad sin mar.  Hay quien necesita “poner los pies en el suelo” para estar en contacto con la realidad.  Yo necesito ponerlos en la arena.  El mar es el verdadero universo infinito, un sabio que nunca habla, una religión en la que yo creo.  ¿Qué le voy a hacer, si yo “Nací en el Mediterráneo”? 

Spaghetti Western

sábado, 25 de abril de 2009


El Spaghetti Western es (desde mi punto de vista) uno de los géneros más fabulosos e incomprendidos de la historia del cine.   Basa su esencia en explotar el cliché de los tradicionales Western americanos, y readaptarlos a un cine mucho más moderno y estilizado, con un estilo más europeo.   Todas sus historias se contextualizan en un momento espacio/tiempo que por sus características resulta perfecto para cinematografiarlo.   Espacio: Norteamérica occidental.  Tiempo: Una época en permanente estado de excepción, en la que mandaban los fuertes, y la ley era impuesta por el arma más rápida.

Hollywood se había empeñado en repetir historias entorno a indios y vaqueros, carretas asaltadas, locomotoras y héroes justicieros que detenían a feos forajidos.  Todo ello con los grandes actores John Wayne y John Ford, se convirtió en uno de los géneros más populares de EUA.  Se trata de un gran género sin el cual nunca hubiera aparecido el Spaghetti Western, pero cuyas películas huelen todas igual.  Vista una locomotora, vistas todas.  Además, a mi me da pena que maten a tantos indios, con lo hippies que eran.  Todo ello hace que pese a respetar el género, me parezca algo casposo.

Sergio Leone supo utilizar esa fenomenal fuente de inspiración de la que hablábamos, una Norteamérica que hablaba a través de las armas, y en la que no había un gobierno tan fuerte como para contener a tantos ciudadanos armados y convertidos en pistoleros en defensa de su propio egoísmo.  Lo hizo aprovechando todos los clichés establecidos por el gran género Western, enfrentándose a la crítica desde un primer momento, hasta conseguir que el público le diera la razón.

Leone reinventó el montaje para sus películas Western.  Utilizó una cadencia temporal procedente del cine japonés: se inspiró en Kurosawa para reformular una línea temporal lenta, con tiempos casi muertos, y una técnica que incorpora unos primerísimos planos, con los que Leone es capaz de transmitir como nunca nadie lo había hecho en su género.   Nada llena más la pantalla que una mirada de Clint Eastwood en el momento oportuno, una escena de larga duración, fortaleza masculina, emociones contenidas, todo salpimentado con una brutal banda sonora de Ennio Morricone.

Hay muchos que todavía me miran raro cuando defiendo este género con brillo en la mirada.  Normalmente la conversación termina cuando me atolondro y me toman por un gafapasta, por eso quería usar esta oportunidad para defender este divertidísimo género lleno de sentimientos.   Donde muchos ven “una peli de vaqueros”, una pistola o un balazo, les aconsejo que busquen trasfondos sobre la justicia, las armas, la camaradería, la naturaleza, la evolución, el respeto, los límites entre las personas, el sentido de la ley, la venganza… O que sencillamente se relajen y disfruten de uno de los géneros más intensos que existen.  

Soldadito Español

martes, 7 de abril de 2009

 Siempre me ha intrigado la férrea disciplina a la que se someten las personas que se meten al ejército.  Mi visión, como siempre, es la de ciudadano corriente: cuando pienso en un cuartel, me imagino el de las películas, y cuando pienso en un soldado, pienso en el soldado patoso de la chaqueta metálica.  Cuando pienso en un sargento, pienso en el sargento de hierro (Clint Eastwood).  Hasta la fecha suponía que mi estereotipada imagen era fruto de mi incultura al respecto, y que en la vida real los militares distarían mucho de estos personajes de película.

Hoy he tenido –por circunstancias de la vida- una larga conversación con un militar de carrera, que lleva 9 años en el ejército (actualmente es cabo) y está preparando su acceso al grado de sargento.  Me he pasado toda la conversación acribillándole a preguntas, y pese a que él me respondía de una manera muy clara, como persona y como profesional (a veces estas dos identidades se entrecruzaban de manera peculiar), cuando ha terminado nuestra conversación yo todavía tenía más interrogantes en mi mente que al empezar con ella.

Mi conclusión personal es que el ejército es un sistema autoritario formado por muchas unidades autocráticas que funcionan con un grupo de sujetos despersonalizados (como robots), que actúan a la voluntad totalitaria del militar de rango superior.  Me ha quedado una definición algo “pesada”, así que la traduciré a una versión más digerible: El ejército es un grupo de gente que actúa sin voluntad propia, atendiendo a las órdenes de un tipo que lleva más galones colgando, y cuya principal premisa es: “no pienses.  No creas. Obedece”.

Los militares han sufrido un proceso de transformación que los ha convertido en sujetos funcionales en favor de una permanente realidad ficticia (la situación de guerra), utilizando herramientas como el lavado de cerebro, la deprivación sensorial, proyección de poder, humillación, depravación, disminución de libertades a nivel contractual, etcétera.

El militar es un sujeto que está listo para dar su vida por su país “y por su bandera”.  Antepone unos supuestos intereses colectivos a sus valores individuales.  Un ejemplo:  Un grupo de políticos españoles decide que invadir Irak es bueno para los españoles (y para su bandera).  Para dicha invasión, se emplean los esfuerzos de 2.600 soldados, de los cuales 11 resultan muertos.  El trabajo de esos soldados es “no pensar” si su esfuerzo es positivo para España, sino emplearse a fondo en lo que le manda su inmediato superior.  Y justificarse –día a día, al salir y al ponerse el sol- ante la bandera española.   Repiten frases argumentando que lo hacen para “salvar y proteger nuestra patria”.  Lo hacen mientras su cerebro razona que quizá hoy sea el día en el que tienen que fusilar a algún hostil, y mientras sus cuerpos (tras una buena panza de entrenamiento físico) se llenan de adrenalina y de emoción… “con la piel de gallina al oír el himno”.

Supongo que todas estas estrategias basadas en el terror psicológico y en el autoritarismo los condicionan de modo que son capaces de rehusar a su propia identidad, y ponerse a disposición de un dudoso bien común.  Resulta que mientras nuestros soldados estaban en Irak, muriendo por “nosotros”, la mayoría de nosotros estaba deseando que desistieran en tan violento y evidente intento de robar petróleo, y volvieran a nuestros barrios.   Yo, como muchos españoles, sentí profunda vergüenza de ser español, y me sentí víctima de un sistema que había seleccionado a chicos de mi barrio, y de muchos otros barrios obreros, les había lavado el cerebro, los había armado fuertemente, y los había colocado estratégicamente para enriquecer a un hatajo de políticos fascistas cuyos hijos (y vecinos de sus barrios) nunca sabrán lo que es la guerra, pero sí disfrutarán de un tren de vida que se basa en pisotear y despreciar los niveles socioeconómicos más bajos de la sociedad (que son de los que se nutren los barracones de soldados).

Ante todos estos pensamientos, sólo me queda el consuelo (o la profunda desesperación) de pensar que todos los países del mundo funcionan con un sistema político/militar similar.  Y me pregunto de qué sirve que la inmensa mayoría de ciudadanos sean pacifistas y sólo tengan sueños “limpios” de guerra, aspirando a conseguir un mejor o peor puesto de empleo, y vivir en paz y armonía.  Y me cabrea pensar que todos formamos parte (queramos o no) de esa bandera por la que cientos de soldados se sacrifican y (lo que es todavía mucho peor) sacrifican a otros.

Si alguno de los que lee este artículo tiene alguna sugerencia o consejo que darme al respecto, se le ocurre a qué partido político puedo votar, o a qué país me puedo ir a vivir para solventar esta inquietud, que me lo diga.  Yo he alcanzado la conclusión de que no tengo alternativa.  En cierta medida, no me queda otra opción que ser un soldado silencioso de esta sociedad, aunque nunca tuve intención de alistarme.

Play it once, Sam... For old times.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Humphrey Bogart es en Casablanca lo que todo hombre quiere ser en la vida. Es el machote del que se enamoran las mujeres, que fuma cigarros sin filtro a contraluz, con un aire de tóxica arrogancia cargado con un halo de misterio. Se derriten.

No soy el primero en observar que el cine juega con los sentimientos de su público, pero en Casablanca esto se evidencia de modo particular. Estoy firmemente convencido de que si el final de Casablanca hubiese sido distinto y Humphrey hubiese cogido aquel avión con Ingrid, la vida de muchos espectadores sería distinta.

Casablanca tiene el misterioso y extraño poder de ser una película mágica por ser atemporal y eterna al mismo tiempo. Todo aquel que crea entender un ápice de lo que es el amor, apreciará Casablanca como una obra maestra. Casablanca es un piano en el que no se deja ninguna tecla por tocar. En cuanto a política: la conclusión es “no importa”. En cuanto a distancia: la conclusión es “no importa”. En cuanto a realidad: la conclusión es “no importa”. Y ¿por qué no importa? La respuesta es sencilla: porque siempre nos quedará París.

La realidad es que dos enamorados se separan de por vida en medio de una guerra que les llevará a vivir vidas difíciles en dos rincones opuestos del mundo. Y parece que eso es el destino, la consecuencia inevitable de haber jugado al juego del romance. Y he aquí donde yo opino que la vida de muchas personas sería distinta si Casablanca tuviera un final distinto. Casablanca es la obra maestra que ensalza el desamor sobre el amor como quien – seguro de su triunfo– eleva una copa tras una disputada carrera. Nos mete en la cabeza que tenemos que dejar volar – dolorosamente– la que creamos que es nuestra única oportunidad para ser feliz, en virtud de un sufrimiento eterno pero gratificante, porque el paraíso no existe, pero siempre nos quedará el consuelo de habernos acercado (París).

Lo que hubiera hecho Humphrey (lo que hubiera hecho una persona enamorada en la vida real, creo yo), sería atar a Victor Laszlo a una silla del bar, y volar a Estados Unidos con Ilsa. Y una vez allí, disfrutar del paraíso durante el resto de sus vidas. Pero he ahí el gran guiño de la película al espectador de a pie: un caballero ha de ser un perdedor para seguir siendo caballero.

Desde el punto de vista cinematográfico, no obstante, la película es impecable. Si Ilsa y Ricky hubiesen acabado desnudos en New York comiendo uvas al más puro estilo Dionisio, el espectador no hubiese acabado llorando, pero la película habría sido un total fracaso. Y creo que ahí está la clave de esta obra maestra. Para ser capaz de amar, tienen que haberte roto antes el corazón.

“A kiss is just a kiss, a sigh is just a sigh...”.

Condicionamiento Literario

miércoles, 18 de marzo de 2009


Leer es bueno.  Eso dicen las personas a las que nos queremos parecer cuando somos pequeños.  Nuestros padres se alegran cuando nos ven leer un libro y nuestros profesores siempre nombran libros cuya lectura recomiendan.   Hay hasta quien pasa la vida devorando libros sólo porque le gusta que la gente vea que los lee.  Pero creo que esta provocación e incitación a la lectura tiene un lado oscuro y tenebroso, que deberíamos tener en cuenta.  Y es que los libros no sólo entretienen, sino que también pueden enseñar.  Y eso no siempre es bueno, lo digo de verdad.


Toda esta reflexión viene porque últimamente he leído dos libros seguidos de Juan José Millás: “Laura y Julio” y “El desorden de tu nombre”.  Y la verdad es que me lo he pasado pipa con sus razonamientos neuróticos, sus paralelismos entre escritor y protagonista, las caracterizaciones de sus personajes y la inminente y cansada humanidad que late en todas sus novelas.   Pero no todo es bueno, hasta el punto de que en cierta medida me estoy arrepintiendo de haber leído estos dos libros.  Me explico.


Conozco (a distintos grados de profundidad) a muchas parejas casadas.  Pero siento que conozco muchísimo mejor a Laura y Julio (los protas de ambos libros) que a cualquiera de las parejas que me rodean.   Laura y Julio piensan y hablan en estas novelas con la facilidad con la que Millás escribe y transmite, lo cual te arrastra a un terreno en el que no puedes dudar por un momento de la existencia de ambos personajes.  Hablan de sentimientos y de cómo estos se entrelazan con la rutina del mismo modo que nos sucede a nosotros en la vida misma.   Contemplan el amor y las relaciones como una constante búsqueda en la que al final no se encuentra nada, o se encuentra algo que no se buscaba, pero siempre queda el placer y consuelo de haberla vivido.


Creo que para que podáis valorar lo que os digo tengo que remitiros necesariamente a la lectura de ambos libros, caso de que no los hayáis leído.  Cuando decía que me arrepiento de haberlos leído (siendo exagerado) me refería a que donde antes veía una pareja sonriente, ahora a veces veo Lauras y Julios e imagino relaciones como las suyas, cargadas de lucha y de momentos de alcoba.   Tras ese vecino noctámbulo y desconocido, imagino ahora a un Julio enamorado y despechado, con gente entrando y saliendo de su vida y de sus sueños.  Tras leer estos dos libros, ha variado en mí el patrón de relación estandarizada que aplicaba a las parejas que conozco. Ahora imagino de manera más tangible una relación “a lo Millás”:  en definitiva una relación con una fragilidad en la que parece que la vida adulta sea una prórroga de la adolescencia, prórroga en la que los jugadores persiguen el mismo objetivo, pero están algo más cansados y desorientados.

La crisis como lección de humanidad.

viernes, 6 de marzo de 2009

Me aburre hablar de la crisis.  Todos los días oigo esta palabra de boca de varias personas.  Hoy la he oído de boca de mi vecino del ático, del conductor del autobús, y hasta la he visto como reclamo publicitario en una tienda de electrodomésticos, en la que bajaban un 10% los precios “por la crisis”.

En época de vacas gordas todos los ciudadanos de a pie disfrutamos de lujos que nos quedaban grandes: hipotecas no acordes con nuestros sueldos, préstamos personales para puro disfrute, y un ritmo de vida que vivíamos como si nos hubiera contagiado una especie de mosca tse-tsé del consumismo.  Los síntomas eran visibles: colas infinitas en las cajas del corte inglés,  coches caros en los semáforos, pubs por la noche que se abarrotaban de jóvenes que pagaban cubatas a 8 euros y que lucían ropa cara con una sonrisa ingenua dibujada en los labios, y escasa introspección: el dinero empujaba a vivir a la gente.

Ahora ya parece que no es así. Estamos pagando los platos rotos de un sistema económico que como ciudadanos de la calle no entendemos, pero sí sufrimos. Solbes quizá ande más orientado y sepa qué hacer con su dinero, pero el ciudadano medio anda bastante desorientado, y cada uno forja su idea (normalmente distorsionada) para aliviar su sufrimiento económico en caso de que lo tenga.

Y aquí estamos todos, con caras largas, apretándonos el cinturón, comprando pollo en lugar de ternera y hablando de la crisis en el ascensor, como si fuera una tortura tener que adaptarse a esta nueva realidad.

Cada día mueren de hambre 24.000 personas según la ONU.  Mueren sencillamente porque no tienen nada que llevarse a la boca.  Y nosotros nos quejamos por tener que comer pollo.  Y es que me voy a tener que cambiar a un coche diesel, que según están las cosas no me da para gasolina.  Y qué ladrones los bancos que nos hacen sufrir así, que no nos dan ya hipotecas astronómicas para que, después de firmarlas, nos vayamos al bar a quejarnos de cómo están las cosas frente a nuestra caña de cerveza.

Nuestro gobierno aprobó recientemente un “paquete de ayudas económicas de 4100 millones de euros”.  No sé exactamente dónde irán, pero sospecho que cuando pase todo este vendaval de tristeza que es la crisis, muchos más ciudadanos de este país volverán a llenar de ternera sus neveras, y muy probablemente esos 24.000 muertos de hambre al día ya se acerquen más a los 25.000.   Así que dejemos de quejarnos y empecemos a dar gracias de vivir en este pedacito de cielo en el que pocos señores ricos vivimos a costa de que mueran muchos señores pobres que no se quejan de la crisis porque no saben lo que es ni jamás lo entenderían.